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Saturday, October 15, 2011

General Aramburu Secuestro y Crimen


Mayo 30th, 2010

Recopilación periodística a cuarenta años del secuestro del General Aramburu. Además, los diarios de la época, declaraciones de Mario Firmenich y un registro de la voz del militar.
Relato secreto de la confesión por el crimen de Aramburu
Años después de participar del operativo, dos líderes montoneros revelaron cómo lo hicieron. Uno de los periodistas que los entrevistó cuenta, por primera vez, los entretelones. Un texto estremecedor.
Desde su publicación en la edición del semanario La Causa Peronista del 3 de septiembre de 1974, el artículo de seis páginas que incluye el relato de Norma Arrostito y Mario Eduardo Firmenich sobre cómo, entre el 29 de mayo y 2 de junio de 1970, secuestraron, enjuiciaron y mataron al teniente general Pedro Eugenio Aramburu, es uno de los textos periodísticos más comentados, citados y desmenuzados hasta la fecha. Quedó registrado como la primera vez en la historia que un personaje político, Firmenich, relata con detalles cómo mató a alguien. A ello se sumó un halo de misterio: hasta hoy nunca se informó por qué se hizo el reportaje, dónde, cómo ni quiénes lo hicieron, escribieron y editaron.
El general Pedro E. Aramburu junto al almirante Rojas, cuando era presidente
Se cumplen 40 años de lo que pasó a ser llamado “el Aramburazo”, acción con la que Montoneros se presentó en sociedad, definió su identidad, adquirió liderazgo y contribuyó a acentuar la crisis del gobierno militar encabezado entonces por el general Juan Carlos Onganía, quien apenas 16 días después de conocida la muerte de Aramburu fue reemplazado por el general Roberto Levingston.
El 29 de mayo no fue una fecha elegida por Montoneros al azar: se festeja la creación del Ejército Argentino, en 1810, que ahora también ha cumplido 200 años. En 1970 se le agregaba una celebración paralela y opuesta: la revuelta, un año antes en Córdoba, de obreros y estudiantes contra el gobierno militar, el Cordobazo.
Firmenich, en la década del 70
En la polarización que ha caracterizado la historia argentina, Aramburu resumía lo que un lado amaba o había amado y lo que el otro, proscripto, odiaba. Era un símbolo. La acción de Montoneros, creó un símbolo opuesto. Mitos de un país que recién a partir de 1983, al concluir el Proceso de Reorganización Nacional iniciado en 1976 por Jorge Rafael Videla, pudo empezar a reflexionar sobre su historia de venganzas y cadáveres robados. Montoneros se había propuesto negociar el cadáver de Aramburu a cambio del de Eva Perón, cuya desaparición y entierro en un lugar secreto en Italia había sido realizada cuando Aramburu asumió la conducción de la Revolución Libertadora, que derrocó a Juan Domingo Perón en 1955 y proscribió al peronismo hasta el 11 de marzo de 1973. La intención de Montoneros de mantener oculto el cuerpo en una estancia de la provincia de Buenos Aires, fracasó.
Aramburu había firmado el decreto que dispuso el fusilamiento de militares leales al gobierno peronista en junio de 1956, encabezado por el general Juan José Valle, mientras que en el mismo año, civiles fueron fusilados en Lanús y José León Suárez. Con el Aramburazo, Montoneros -que habían bautizado a su “operación” con el nombre de Pindapoy- también reivindicaron a aquellos muertos ejerciendo “la justicia revolucionaria”, según explicaron en su momento, sugirieron en una carta a Perón el 9 de febrero de 1971 y reiteraron en La Causa Peronista.
Aquella carta a Perón destacó un objetivo que en la primera parte del artículo de La Causa Peronista aparece en tercer lugar: desbaratar un supuesto plan de Aramburu para derrocar a Onganía e instalar un gobierno que integrase a sectores del peronismo. La versión de que ese plan contaba con el consentimiento de Perón, era de tal envergadura que en la carta Montoneros le transmite la preocupación de si “con este hecho estropeamos sus planes políticos inmediatos”. Es por esto mismo que surgió y subsistió la duda sobre si Montoneros no habría sido, en realidad, un grupo vinculado o apoyado por el gobierno de Onganía, que conocía el plan de Aramburu.
Firmenich reía y sonreía. Era un tipo que equilibraba su poco atractivo físico con simpatía, la risa fácil y un agudo sentido del humor. Pero se ponía grave y meditaba cuando las preguntas exigían detalles. ¿Quién lo mató? ¿Cómo lo hizo? Los periodistas preguntan, no obtienen inmediatamente lo que quieren, pasan a otra cosa, dan un rodeo, vuelven a la pregunta. ¿Qué dijo, qué hizo Aramburu cuando le informaron que iban a matarlo? ¿Cómo lo enterraron?
“Un texto verdaderamente extraordinario en la historia de la violencia política, tan extraordinario que hoy resulta poco menos que increíble (¿esto verdaderamente sucedió y pudo ser contado así?)”, escribió Beatriz Sarlo en “La Pasión y la Excepción”.
La tapa con fondo anaranjado de ese que fue el último número de La Causa Peronista y de cualquier otra publicación masiva vinculada a Montoneros -la semana anterior había sido clausurado el diario Noticias-, fue contundente en su sencillez. “COMO MURIO ARAMBURU”, anunció el titular en grandes letras blancas, cada palabra en una línea, que ocupaban la mitad inferior de la página. En la parte superior, en caracteres más pequeños, se leía la primera parte de la frase: “Mario Firmenich y Norma Arrostito cuentan”. Y por encima de esta, aún más pequeño, “7 de setiembre Día del MONTONERO”. En un costado, como si fuese una “pintada”, el clásico signo de la P dentro de la V, que si durante los 17 años de su exilio significaba Perón Vuelve, después de su muerte la Juventud Peronista y Montoneros había transformado en Vive.
El artículo está al final de la edición y lo antecede una página en la que se reproduce un texto de Eva Perón que expresa su temor por “la oligarquía que pueda estar dentro de nosotros” y concluye: “por eso los peronistas debemos tratar de ser soldados para matar y aplastar a esa oligarquía donde quiera que nazca”. Una declaración de guerra que, en la mentalidad de Montoneros, era contra Isabel Martínez y López Rega. Hacia septiembre de ese año, ya eran más de 200 las personas que había matado la Alianza Anticomunista Argentina (Triple A).
El artículo no empieza con el relato sino con un texto de una página en el que se reiteran los tres objetivos del Aramburazo. Es en dos columnas de la página siguiente que comienza el relato de Firmenich y Arrostito; el resto de la página y la siguiente lo ocupa la carta de Montoneros a Perón. El relato continúa en las dos páginas posteriores junto a la respuesta de Perón, fechada 20 de febrero de 1971, quien responde a cada uno de los puntos pero les recuerda que todos las formas de lucha son necesarias, no sólo la armada.
El relato sigue en la página 30, donde también está el comunicado número 3 con el que el 31 de mayo Montoneros anuncia que “el Tribunal Revolucionario” resolvió matar a Aramburu “en lugar y fecha a determinar; hacer conocer oportunamente la documentación que fundamenta la resolución de este tribunal; dar cristiana sepultura a los restos del acusado, que sólo serán restituidos a sus familiares cuando al Pueblo Argentino le sean devueltos los restos de su querida compañera Evita”.
El relato de Firmenich, en cambio, dice que fue en la noche del 1 de junio cuando le anunciaron a Aramburu “que el Tribunal iba a deliberar” y que la sentencia le fue comunicada a la madrugada siguiente por Fernando Abal Medina, jefe del grupo. En la última página del artículo, un recuadro responde a las sospechas de la vinculación de Montoneros con Onganía y explica que la documentación que iba a ser dada a conocer “oportunamente”, no existía más. Como consecuencia de las bajas sufridas, el encuentro del cadáver de Aramburu y “para evitar una nueva derrota… Firmenich tomó una decisión tremenda”. Quemó todas las cintas del juicio a Aramburu “porque no tenía ni siquiera un lugar para esconderlas”.
La entrevista con Firmenich llevó dos tardes, cada vez cinco periodistas encerrados con él en la casa de Dardo Cabo, militante peronista y periodista que había adquirido notoriedad junto con su mujer, María Cristina Verrier, cuando secuestraron un avión y aterrizaron en las islas Malvinas para reafirmar simbólicamente la soberanía sobre ellas. Le costó cuatro años de cárcel. Había trabajado en Diario Crónica, de Ricardo García, y en Extra, de Bernardo Neustadt, antes de figurar como director del semanario El Descamisado. El organizador y director real de esa publicación, que llegó a tener picos de venta de 170 mil ejemplares semanales, fue el autor de este artículo. A El Descamisado lo reemplazaron El Peronista, primero, y luego La Causa Peronista.
Perón ya había muerto, el 1 de julio, gobernaban Isabel Martínez y José López Rega, el camino de Montoneros iba siendo cerrado y autocerrado. La decisión de relatar “Cómo murió Aramburu” fue el adiós a la existencia legal de esa organización. La revista fue clausurada y Montoneros anunció que pasaba a la clandestinidad y retomaba el camino de las armas.
Norma Arrostito no reía, a veces sonreía suavemente, y emanaba una tristeza difícil de ignorar. Fue entrevistada por separado, en un bar muy porteño que estaba en la calle Lima. Su cara era muy distinta a la de las fotos que la hicieron famosa poco después del Aramburazo, cuando todos sus autores fueron identificados menos uno, que en el reportaje siempre fue mencionado como “el otro compañero”, y murieron en enfrentamientos con la policía y el ejército. Sólo Firmenich, ella y “el otro” sobrevivieron hasta el momento del reportaje. Ahora sólo él, quizás también el anónimo. Arrostito figura entre las desaparecidas. Fue vista por última vez en la Escuela de Mecánica de la Armada, donde “pasaba horas memorizando el Romancero Gitano”, de Federico García Lorca, según relató Pilar Calveiro en “Poder y Desaparición”.
Con tono monocorde y bajo, ella respondía con detalles minuciosos a preguntas sobre los cinco meses de planificación del secuestro y el día de su realización, hasta el momento en que se quedó en la ciudad y Fernando Abal Medina, que era su pareja, “el otro”, Carlos Ramus, Firmenich y Aramburu emprendieron el viaje hacia la estancia La Celma, de la familia Ramus, en Timote. Según el relato de ambos, ella allí nunca estuvo.
El reportaje fue el punto culminante de un desacierto y la antesala de muchos más. Desde la óptica periodística, era el relato que cualquier medio habría querido tener y que ningún periodista podría haber desechado. La confluencia entre ambas perspectivas hizo posible un texto que resulta aún hoy escalofriante.
El relato recorre una secuencia temporal lineal que va desde el momento en que los 12 que integraban una organización aún anónima decidieron secuestrar a Aramburu, hasta que lo mataron y enterraron. Cuando Firmenich llegó al momento de contar que en la madrugada del 2 de junio Abal Medina le comunicó a Aramburu “General, el Tribunal lo ha sentenciado a la pena de muerte”, la entrevista alcanzó su máxima tensión, que el texto escrito no evidencia. Fue deliberada la elección de un estilo de redacción en el que sólo hablasen los entrevistados, sin interrupciones, interpretaciones ni comentarios por parte de los autores del reportaje. Cualquier agregado era innecesario o incluso negativo desde la óptica de su impacto y credibilidad.
El trabajo de los periodistas consistía en ceñirse a reproducir de un modo fluido las palabras de Firmenich y Arrostito. Pero llegado ese momento, en la habitación en la que transcurrió el reportaje, aquellas tardes de fines de agosto, la tensión resultó incómoda. Resulta revulsivo escuchar los detalles de cómo alguien mata a otra persona y qué hace con su cadáver. Quizás por eso, el relato tiene huecos.
Firmenich no estaba cuando Abal Medina mató a Aramburu en el sótano de la casa. “Para él, el jefe debía asumir la mayor responsabilidad. A mí me mandó arriba a golpear sobre una morsa con una llave, para disimular el ruido de los disparos” (Ver Página 35). Temían que el cuidador del casco de la estancia, el Vasco Acébal, cuya casa estaba cerca, escuchase. No se sabe si Abal Medina estuvo a solas con Aramburu o si estaba “el otro” cuando bajaron al sótano. “Le pusimos un pañuelo en la boca y lo colocamos contra la pared”. ¿Por qué un pañuelo en la boca? Cuando le anunciaron que “el Tribunal iba a deliberar” dejaron de hablarle y “lo atamos en una cama. Preguntó por qué. Le dijimos que no se preocupara”. El relato publicado no explica por qué, pero Firmenich lo explicó: Aramburu ya habría entendido cuál era su destino y ellos temían que intentase suicidarse o escapar.Luego relató el momento culminante:
“General -dijo Fernando- vamos a proceder”.
“Proceda”-, dijo Aramburu.
“Fernando (Abal Medina) disparó la pistola 9 milímetros al pecho, Después hubo dos tiros de gracia, con la misma arma y uno con una 45. Fernando lo tapó con una manta...” Con la publicación del relato, Montoneros secuestró y mató a Aramburu una vez más.
¿Por qué y para qué? En aquel momento la explicación la tenía sólo la conducción de esa organización, que estableció un paralelo entre circunstancias disímiles: septiembre de 1974 no era mayo de 1970. En cuatro había cambiado todo.
El 1 de mayo de 1974 se había llegado a un momento definitorio del enfrentamiento con Perón: este echó de Plaza de Mayo a la Juventud Peronista y Montoneros, o estos decidieron irse, según quien interprete el hecho. Pocos días después, en una charla informal en la redacción, Firmenich dijo: “no importa, en tres meses tomamos el poder”. El 1 de julio murió Perón, asumió Isabel Martínez, la acción de la Alianza Anticomunista Argentina aumentó y la violencia entre sectores del peronismo, también. Unos meses después de aquella charla informal y en el mismo lugar, Firmenich opinó: “esta etapa ha terminado, ahora queda la acción militar”. Contar el Aramburazo era decir “esto somos nosotros”, volver al origen.
La redacción no era ajena a lo que pasaba. Debía reflejarlo semanalmente. Las últimas tapas de El Peronista habían sido elocuentes. “General: el peronismo no está de acuerdo, por eso 60.000 compañeros abandonaron la plaza”, tituló la edición del 4 de mayo. Clausurada esa revista, el número 1 de La Causa Peronista fue de luto: “Murió nuestro Líder… LOS PERONISTAS QUEDAMOS SOLOS”. En la edición número 9, la última, llegó “Cómo murió Aramburu”.
Ya antes de la muerte de Perón, Enrique Jarito Walker, jefe de redacción de las tres revistas y extraordinario periodista, había empezado a querer hacer la nota sobre el Aramburazo. Su razonamiento era que iban a cerrar La Causa Peronista y que era mejor que lo hicieran por haber publicado esa nota. Eran consideraciones periodísticas internas y autónomas en las que participan Juan José Yaya Ascone, secretario de redacción, y el periodista Jorge Lewinger, que ejercía un rol político en nombre de la conducción de Montoneros, y el autor de este artículo. Cuando los argumentos resultaron convincentes, Lewinger trasladó la idea a Firmenich.
Fueron esos cuatro periodistas más Dardo Cabo quienes condujeron el reportaje a Firmenich, en la casa de Dardo. A Arrostito la entrevistaron Ascone y quien escribe. La redacción del conjunto del artículo fue compleja y es difícil precisar qué hizo quién, salvo lo que el autor de esta nota sabe que escribió: el relato de Arrostito y Firmenich y la primera parte de la nota de apertura. El conjunto fue editado por Lewinger.
De las entrevistas a ambos quedan pormenores y detalles que no fueron publicados y que las limitaciones de espacio y análisis de un artículo periodístico dificultan agotar. Estarán contenidos en un libro del autor que la editorial Sudamericana publicará dentro de algunos meses y cuyo eje conductor son los 61 ejemplares que sumaron en total El Descamisado, El Peronista y La Causa Peronista. 61 semanas que fueron el preludio de los años más violentos y trágicos de nuestro 900.
Con el Aramburazo, Montoneros, queriéndolo o no, fundó un mito. Con el relato sobre el Aramburazo, quisieron retomarlo.
Ascone y Walker fueron desaparecidos-muertos en 1976. Cabo fusilado en un hecho que presentaron como un intento de evasión.Lewinger y yo nos exiliamos.
Un relato histórico
El 3 de setiembre de 1974, el periódico “La Causa Peronista”, vinculado a Montoneros, publicó un reportaje donde Mario Firmenich y Norma Arrostito contaron cómo habían secuestrado al general Pedro Eugenio Aramburu, el 29 de mayo de 1970,para matarlo días después, el 2 de junio.
Aquel crimen, del que se están cumpliendo 40 años, marcó para siempre la historia argentina. Fue la carta de presentación de la organización guerrillera Montoneros, pero además dio inicio a la década más violenta de la Argentina.
Hoy, por primera vez, uno de los 5 periodistas que entrevistaron a los guerrilleros y escribieron aquel documento histórico, cuenta para Clarín los pormenores de las charlas, los motivos de Firmenich y el extraño papel de Arrostito, asesinada luego en la ESMA.
Pedro Eugenio Aramburu
Nació en Río Cuarto, Córdoba, el 21 de mayo de 1903. Egresado del Colegio Militar de la Nación, ascendió hasta proclamarse Presidente entre 1955 y 1958, dentro del régimen de la “Revolución Libertadora”, que le había arrrancado el poder a Juan Perón. En 1956 fue responsable de reprimir y fusilar a los militares rebeldes peronistas. Luego intentó pasar a la política y en 1962 fundó el partido Unión del Pueblo Argentino (UDELPA). Montoneros lo mató en la madrugada del 2 de junio de 1970. Tenía 67 años.
Los hechos
29 de mayo de 1970. Dos jóvenes disfrazados de policías ingresaron al departamento del general Pedro Eugenio Aramburu. Simularon ser su nueva custodia y lo secuestraron, llevándolo a un campo de Timote, al noroeste de la provincia de Buenos Aires.
2 de junio de 1970. El grupo que participó del secuestro estaba formado por once hombres y una mujer, según los propios Montoneros. El jefe, Fernando Abal Medina, dirigió un “juicio popular” y culpó a Aramburu por el golpe contra Perón en el ‘55 y otros hechos. Lo mató de un tiro al pecho.
16 de julio de 1970. La Policía encontró el cadáver del militar en el campo de Timote. Esto arruinó los planes de Montoneros, que querían canjear su cuerpo por el de Evita Perón. Aramburu era un símbolo del antiperonismo, a pesar de que, se decía, negociaba con Perón una salida al gobierno de facto de Juan Carlos Onganía.
7 de setiembre de 1970. La Policía mató a balazos a Abal Medina y Carlos Ramus, dos de los autores del secuestro y fundadores de Montoneros.
3 de setiembre de 1974. Montoneros siempre se reconoció autor del secuestro. Pero con la intención de “volver a Montoneros a su origen”, el líder de la organización, Mario Firmenich, decidió dar su versión del caso. Lo hizo en una larga entrevista.
Los siguiente fragmentos pertenecen a la publicación del 3 de setiembre de 1974 del periódico La Causa Peronista . El que relata es Mario Firmenich, líder de Montoneros: “Metimos a Aramburu en un dormitorio, y ahí mismo esa noche le iniciamos el juicio. Lo sentamos en una cama y Fernando (Abal Medina) le dijo: - General Aramburu, usted está detenido por una organización revolucionaria peronista, que lo va a someter a juicio revolucionarlo.
Recién ahí pareció comprender. Pero lo único que dijo fue: - Bueno.
Su actitud era serena. Si estaba nervioso, se dominaba. Fernando lo fotografió así, sentado en la cama, sin saco ni corbata, contra la pared desnuda. Pero las fotos no salieron porque se rompió el rollo en la primera vuelta.
Para el juicio se utilizó un grabador. Fue lento y fatigoso porque no queríamos presionarlo ni intimidarlo y él se atuvo a esa ventaja, demorando las respuestas a cada pregunta, contestando. “no sé”, “ de eso no me acuerdo”, etc.
El primer cargo que le hicimos fue el fusilamiento del General Valle y los otros patriotas que se alzaron con él, el 9 de junio de 1956. Al principio pretendió negar. Dijo que cuando sucedió eso él estaba de viaje en Rosario. Le leímos sílaba a sílaba los decretos 10.363 y 10.364, firmados por él, condenando a muerte a los sublevados. Le leímos la crónica de los fusilamientos de civiles en Lanús y José León Suárez.(...) Era ya la noche del 1ro. de junio. Le anunciamos que el Tribunal iba a deliberar. Desde ese momento no se le habló más. Lo atamos a la cama. Preguntó por qué. Le dijimos que no se preocupara. A la madrugada Fernando le comunicó la sentencia: - General, el Tribunal lo ha sentenciado a la pena de muerte. Va a ser ejecutado en media hora.
Ensayó conmovernos. Habló de la sangre que nosotros, muchachos jóvenes, íbamos a derramar. Cuando pasó la media hora lo desamarramos, lo sentamos en la cama y le atamos las manos a la espalda. Pidió que le atáramos los cordones de los zapatos. Lo hicimos. Preguntó si se podía afeitar. Le dijimos que no había utensilios. Lo llevamos por el pasillo interno de la casa en dirección al sótano. Pidió un confesor. Le dijimos que no podíamos traer un confesor porque las rutas estaban controladas.
- Si no pueden traer un confesor -dijo-, ¿cómo van a sacar mi cadáver? Avanzó dos o tres pasos más.
- ¿Qué va a pasar con mi familia?-, preguntó.
Se le dijo que no había nada contra ella, que se le entregarían sus pertenencias.
El sótano era tan viejo como la casa, tenía setenta años. Lo habíamos usado la primera vez en febrero del 69, para enterrar los fusiles expropiados en el Tiro Federal de Córdoba. La escalera se bamboleaba. Tuve que adelantarme para ayudar su descenso.
- Ah, me van a matar en el sótano-, dijo.
Bajamos. Le pusimos un pañuelo en la boca y lo colocamos contra la pared. El sótano era muy chico y la ejecución debía ser a pistola.
Fernando tomó sobre sí la tarea de ejecutarlo. Para él, el jefe debía asumir siempre la mayor responsabilidad. A mí me mandó arriba a golpear sobre una morsa con una llave, para disimular el ruido de los disparos.
- General -dijo Fernando-, vamos a proceder.
- Proceda - dijo Aramburu.
Fernando disparó la pistola 9 milímetros al pecho, Después hubo dos tiros de gracia, con la misma arma y uno con una 45. Fernando lo tapó con una manta. Nadie se animó a destaparlo mientras cavábamos el pozo en que íbamos a enterrarlo.
Después encontramos en el bolsillo de su saco lo que había estado escribiendo la noche del 31. Empezaba con un relato de su secuestro y terminaba con una exposición de su proyecto político. Describía a sus secuestradores como jóvenes peronistas bien intencionados pero equivocados. Eso confirmaba a su juicio, que si el país no tenía una salida institucional, el peronismo en pleno se volcaría a la lucha armada... “
por Ricardo Grassi

EL autor de ‘operacion Traviata’ en timote

A 40 AÑOS, LOS SECRETOS DEL ASESINATO DE ARAMBURU
¿Cómo fue que una decena de jóvenes católicos secuestraron, juzgaron y fusilaron al general y ex dictador Pedro Aramburu, un ícono del antiperonismo? El periodista Ceferino Reato viajó a Timote, el lugar donde Aramburu estuvo cautivo durante tres días hasta que fue muerto de un disparo en un hecho que marcó el nacimiento de Montoneros y fue bendecido por Perón.
La casa en Timote, donde estuvo secuestrado y fue asesinado Aramburu - Foto Diario Perfil
Jóvenes audaces. Aramburu fue uno de los líderes del golpe que derrocó a Perón.
El sótano donde el primer jefe de Montoneros, Fernando Abal Medina, mató de un balazo al general Pedro Aramburu hace cuarenta años perdió el techo y la puerta y ahora es apenas un hueco casi al aire libre lleno de escombros y de basura, como todo el casco de la estancia “La Celma”, que parece a punto de derrumbarse. “Cuando entramos al sótano, vimos que habían levantado los mosaicos y enseguida nos dimos cuenta de que lo habían enterrado allí”, recuerda Rogelio Róuan, que en 1970 era subcomisario y encabezó la partida que allanó el lugar, ubicado en las afueras de Timote, un pueblo agropecuario de la provincia de Buenos Aires, casi en la frontera con La Pampa. “El cuerpo estaba intacto, envuelto por una manta”, cuenta Róuan. “Fue el hecho más resonante de mi carrera”, agrega, como si hiciera falta.
Intacto, pero no por mucho tiempo. Róuan es una persona aplicada y busca en su biblioteca una copia del acta que él mismo confeccionó hace cuarenta años. “Habían cubierto su cuerpo con cal para que no diera olor y el casero, Blas Acébal, que vivía muy cerca, no sospechara nada raro, y también para que la carne y los huesos se fueran consumiendo hasta desaparecer. Pero llegamos a tiempo”, sostiene. Un detalle macabro el de la cal, que fue revelado por primera vez por Gabriel García Márquez en 1977, en un artículo basado en una entrevista con Mario Firmenich realizada luego de un encuentro casual a bordo de un avión, sobre el Océano Atlántico. “Alguien les había dicho a los ejecutores que si enterraban el cuerpo con cincuenta kilos de cal viva no quedaría ningún rastro”, comentó el escritor colombiano, luego de que Firmenich le asegurara que Montoneros se encaminaba a una victoria segura contra los militares de la última dictadura, que generalizaban el método salvaje de las desapariciones. El cuerpo de Aramburu, que estaba amordazado y con las manos atadas a la espalda, fue encontrado un mes y medio después de su muerte, que ocurrió el 1º de junio de 1970 bien temprano, luego de que Abal Medina, Firmenich y un tercer guerrillero cuyo nombre aún no ha sido revelado le comunicaron que el “tribunal revolucionario” formado por ellos tres lo había condenado a la pena capital por el fusilamiento del general Juan José Valle y los militares y civiles peronistas sublevados el 9 de junio de 1956, y por el robo del cadáver de Eva Perón. Estos hechos habían ocurrido durante la presidencia de Aramburu, luego del golpe militar que en 1955 desalojó del gobierno a Juan Domingo Perón.
Aramburu había sido secuestrado tres días antes, el 29 de mayo, cuando el Ejército celebraba su día y en el primer aniversario del Cordobazo, una revuelta popular que unió a obreros y a estudiantes en la ciudad de Córdoba para protestar contra la dictadura del general Juan Carlos Onganía.
El secuestro de Aramburu, su “juicio revolucionario” y su asesinato (“ajusticiamiento”, según los guerrilleros) fue la manera elegida por Abal Medina, Firmenich y sus compañeros para presentarse como un nuevo grupo guerrillero con el nombre de Montoneros. En un contexto de una enraizada violencia política, donde la muerte de una persona valía tanto como un comunicado de prensa o un acto callejero, los montoneros lograron sus objetivos: la “Operación Pindapoy” o “El Aramburazo” caló hondo entre los peronistas, que identificaban a Aramburu como uno de los símbolos de los “gorilas”, del antiperonismo, a pesar de que en los últimos tiempos se había movido hacia el centro político y auspiciaba un acuerdo con los peronistas.
Durante el “juicio revolucionario”, esa movida de Aramburu hacia el centro fue impugnada por los jóvenes guerrilleros como un intento de “domesticar” al peronismo para impedir el retorno de Perón, que permanecía en el exilio, en Madrid. Es curioso pero Abal Medina, Firmenich y sus compañeros no conocían a Perón y nunca se habían comunicado con él: la primera carta que le enviaron fue a principios del año siguiente, cuando se reivindicaron como “sus muchachos peronistas” y le preguntaron si era cierto que la muerte de Aramburu había interferido con sus planes políticos, como se rumoreaba. “Estoy completamente de acuerdo y encomio todo lo actuado”, les contestó Perón, también por carta, y calificó el hecho como “una acción deseada por todos los peronistas”. Comenzaba el idilio entre Perón y su “juventud maravillosa”, que se rompería a partir del 25 de mayo de 1973, cuando el peronismo volvió al gobierno y los montoneros se negaron a dejar las armas; por el contrario, se lanzaron a una abierta competencia con el General por el control del Movimiento y del país.
Sigue
Detalles. La “Operación Pindapoy” fue narrada en detalle por Firmenich y Norma Arrostito en septiembre de 1974 en la revista partidaria La causa peronista. “Toda la ‘organización’ éramos 12 personas, entre los de Buenos Aires y los de Córdoba. En el operativo jugamos diez”, reveló Arrostito, la única mujer del grupo fundador. Salvo Arrostito, todos estaban formados en el catolicismo y algunos, como Abal Medina, provenían de la derecha nacionalista. Tanto era así que el comunicado número 4, en el que anunciaron la muerte de Aramburu, finalizó: “Que Dios Nuestro Señor se apiade de su alma. ¡Perón o Muerte! ¡Viva la Patria!”.
Eran muy jóvenes: Abal Medina tenía 23 años y Firmenich, 22, como Carlos Gustavo Ramus, uno de los dos hijos de los dueños de “La Celma”, el lugar de cautiverio de Aramburu. “Los Iribarren, que era el apellido de la madre de Ramus, tenían varios campos en la zona; la mamá de Carlos se llamaba Zelmira Iribarren y de allí viene el nombre ‘La Celma’”, explica Héctor Fraile, el delegado municipal de Timote. Los Ramus vivían en Buenos Aires y tenían a “La Celma” como una casa de fin de semana, aunque también explotaban las 70 hectáreas que rodeaban al casco. Carlos era muy conocido en el pueblo, y también Abal Medina, Firmenich y Arrostito. “Era un muchacho buenísimo; los padres eran de ideología conservadora, pero él salió peronista y de izquierda”, dice Róuan, que ahora tiene 80 años.
Tanto Fraile como Róuan recuerdan que Arrostito solía pasear por las calles de Timote en la volanta de los padres de Ramus, un carro de dos ruedas tirado por una yegua tordilla. “Le cuento una anécdota –se anima Róuan–: unos ocho días antes del secuestro de Aramburu, Firmenich estuvo por acá y fue a Carlos Tejedor, que es la ciudad más importante de la zona, a 18 kilómetros de Timote; entró a la sucursal del Banco Provincia y vio un montón de policías. ‘¡La mierda que hay policías!’, dijo. ‘No, es que recibimos un aviso de asalto al banco’, le contestó un sargento”. Y agrega: “El operativo estuvo muy bien planificado: si algo salía mal y debían escapar a las apuradas, tenían hasta un avión particular esperándolos en Tejedor”.
Timote tiene 500 habitantes que ahora viven de la soja y de las vacas, y está ubicado a casi 500 kilómetros de la Capital Federal, un camino que Ramus, Abal Medina, Firmenich, el guerrillero cuyo nombre aún no se conoce y Aramburu recorrieron en una camioneta Jeep Gladiator 380. Aramburu iba atrás, en un cobertizo disimulado con fardos de pasto, custodiado por Abal Medina y el montonero desconocido. Ramus iba adelante, manejando, junto a Firmenich, que seguía vestido de policía, el disfraz que usó durante todo el secuestro del general y ex dictador. Lo habían sorprendido en su propio departamento, en el Barrio Norte porteño, dos de los secuestradores, Abal Medina y Emilio Maza, que estaban vestidos de militares y llegaron con la excusa de ofrecerle custodia. Tardaron en llegar a Timote ocho horas porque tomaron por caminos alternativos, de tierra, para evitar cualquier encuentro con la policía y los militares que, cuando trascendió la noticia del secuestro, salieron a patrullar las calles y los caminos de todo el país.
Una vez en Timote, bordearon el pueblo y entraron directamente a “La Celma”. Ramus se encargó de distraer al casero, “el Vasco” Acébal, quien siempre juró que nunca vio nada raro durante los tres días que duró todo. Pero Timote es un pueblo pequeño y el caso Aramburu sigue siendo uno de los temas preferidos de conversación: muchos aseguran que “el Vasco” Acébal sabía más de lo que decía. En todo caso, él ya no puede aclarar las dudas: apareció muerto un mes después del hallazgo del cadáver de Aramburu, desnudo, sobre la loza de una pileta. Los médicos certificaron que había fallecido por un paro cardíaco no traumático, una muerte natural que no convence a los timotenses.
Ramus y sus compañeros ya habían utilizado la casa de “La Celma” para esconder en un cajón varias armas “expropiadas” en Córdoba, que también fueron encontradas por la policía, una muestra de que no esperaban que ese lugar fuera descubierto.
—¿Y, comisario Róuan, cómo fue que los descubrieron?
—En la zona ya se comentaba que a Aramburu lo habían matado y que estaba enterrado en Timote. Luego, nos llegó el dato de Santa Fe sobre la actividad comercial de Ramus y de Firmenich, que traían ganado de esa zona a Timote. Así, que se empezó a trabajar y llegamos a “La Celma”. Fui con un policía de Carlos Tejedor y con el encargado del destacamento de Timote. Llegamos como a las 2 de la mañana, estaba lloviendo. Cavamos y lo encontramos: tenía una corbata oscura con una traba, camisa, pantalón, saco y zapatos negros, con cordones. También llevaba el anillo de casado. Como a las 8 llegó una delegación de la División Cuatrerismo de Pehuajó, cuatro policías que se quisieron hacer cargo del operativo. Hubo ahí una discusión, una peleíta, porque nosotros no los dejamos y se fueron. Luego, llegó el ministro del Interior, que era el general Cáceres Monié, con el jefe de la Policía Federal, que nos felicitaron y se llevaron el cuerpo. Para el médico de la policía, lo mataron directamente en la fosa; él siempre sostuvo eso, por el recorrido de la bala.
Ramus y Firmenich compraban ganado vacuno en el norte de Santa Fe y lo traían a Timote, donde los revendían a un precio mejor, en los remates del consignatario Pedro de Duhalde.
Fraile, el delegado municipal, cuenta que los timotenses elaboraron un proyecto para reciclar el casco de “La Celma” y convertirlo en un Museo de la Memoria, porque “esto ya es historia”. Pero los timotenses no tienen muchas esperanzas de que el gobierno bonaerense autorice el reciclado: mientras las hectáreas que pertenecían a los Ramus Iribarren ya fueron vendidas, el casco fue expropiado por el Ministerio de Educación de la provincia, que al parecer no tiene interés en tomar una decisión que podría reabrir heridas que no han cerrado.
Cinco años atrás, cuando Timote cumplió cien años, los vecinos cambiaron el nombre de la única plaza del pueblo, que estaba dedicada a Aramburu desde 1980, y lo sustituyeron por el de un timotense que murió en la Guerra de Malvinas, Roberto Aldo Bordoy. Las siete placas, el disco de bronce y una plancha de cemento que homenajeaban a Aramburu fueron llevados a la delegación municipal, donde permanecen en custodia.
Todo indica que habrá que esperar algunos años más para el reciclaje de “La Celma”: los argentinos recién estamos haciendo las paces con los descendientes del cacique Pincén, uno de los símbolos de la expulsión de los indios de Timote y sus alrededores. Pincén murió hace 132 años.
por Ceferino Reato, enviado especial a Timote.
Producción: Laura Gambale.

Timote, un pueblo de 500 vecinos al que la violencia puso en la historia
Es donde mataron a Aramburu los Montoneros. Todos recuerdan a “los amigos de Carlitos”.
Por Claudio Savoia
Timote. Enviado Especial
Aramburu sigue vivo. O mejor dicho: resucita en la voz de cada paisano, en los mudos ladrillos de la finca que fue su prisión, su tribunal y su postrero cadalso.
Foto Diario Clarín
Resucita una y mil veces, desde hace cuarenta años, para volver a caer bajo las balas montoneras, las intrigas políticas de sus compañeros de armas o cualquier otra emulsión de hechos, protagonistas y escenarios que combine versiones del secuestro y asesinato político más trascendente de la historia argentina.
Timote es un bucólico caserío de 500 almas plantado hace un siglo en el noroeste bonaerense: apenas una pizca de tinta volcada sobre el mapa entre Lincoln y Carlos Tejedor, en aquellas indómitas tierras arrancadas al indio en el último tercio del siglo XIX por el general Villegas y su soldadesca. Pieza clave del trazado ferroviario de la pampa hace cien años, llegó a tener 2.300 habitantes en la década del 30, que vivían atareados por la ganadería, la agricultura, el comercio y los quehaceres mecánicos que la existencia del tren regalaba a sus operadores. Algo de ese modesto brillo provinciano aún refulgía en 1970, cuando Carlitos, el hijo de don Gustavo Ramus y María Amalia Iribarren –descendiente de una de las familias pioneras de Timote– alojó en el añoso casco de su estancia “La Celma” a un prisionero notable : el ex dictador antiperonista Pedro Eugenio Aramburu. Lo había secuestrado en su casa de Recoleta el viernes 29 de mayo, y junto a sus amigos Mario Firmenich y Fernando Abal Medina lo trasladó hasta Timote ese mismo día. El viernes 29 de mayo.
“El día anterior a que la policía encontrara el cuerpo de Aramburu, el 16 de julio de 1970, el vasco Blas Acebal, cuidador de La Celma, me mostró en un diario La Nación la foto de Firmenich. ‘¿Te acordás de él?’, me preguntó. Yo no me acordaba. Es el amigo de Carlitos Ramus, el que andaba con él por acá”, recuerda Mario Brugman, vecino prolijo y memorioso.
“Carlitos Ramus venía con sus amigos todos los veranos. Me acuerdo de Firmenich y Arrostito, que en el carnaval del 70 jugaban a tirarse agua con una jeringa para inyectar animales. También les gustaba andar a caballo, pero se notaba que sólo Carlitos sabía hacerlo; los otros rebotaban sobre las monturas”, se ríe Bregman.
“Esos dos andaban siempre secos. Les teníamos que dar de comer, pero inventaban negocios imposibles”, sonríe el viejo Ricardo, chofer y contratista que trabajó diez años para los Ramus. “Yo tenía un camión jaula, y Carlitos con Firmenich querían que fuera al Chaco a vender sus vacas, y que a la vuelta trajera caballos. ‘¿Y de dónde saco los caballos?’, les preguntaba yo. ‘Y, de lo montes, agarrás uno de cada lado y no se va a dar cuenta nadie, o se los comprás a los paisanos con cheques que no van a cobrar más’. ‘No, Carlitos, gracias’, le contestaba yo.” Ricardo, que aún prefiere escamotear el apellido a los lectores, sacude su canosa cabeza. “Para mí, a estos chicos les pagaron para traerlo a Aramburu acá, tengo dudas de que ellos lo hayan matado. Cuando vi todo en los diarios no lo podía creer. En esa época había un hotelucho que tenía un bar, y a veces Carlitos venía a tomar algo. En aquellos días no se hablaba de otra cosa que de Aramburu, y en joda le decíamos ‘¿Che, no lo tendrás vos por ahí?’ El se reía”, recuerda. Pero también advierte: “Acá se dijeron muchas pavadas. El vasco Acebal, que les cuidaba La Celma, se murió un año y medio después. Dijeron que fue un crimen. Pero se murió de un ataque de presión, después de comerse un jamón casero entero con vino tinto. Cuando encontraron a Aramburu la policía se lo llevó y lo largó a los dos días: ‘Me dieron unos buenos vinos traspiches (sic) y me largaron. ¡Si yo no tengo nada que ver!’, me contó.” El certificado de defunción de Acebal, muerto a los 67 años, dice que fue a causa de un “edema agudo de pulmón”. Tras las dudas, el cuerpo fue exhumado y reexaminado para buscar balas o heridas.
No encontraron nada.
Ramus y Firmenich, miembros fundadores de Montoneros, habían creado una sociedad para manejar y vender hacienda . Para financiarse sacaron un crédito en la localidad santafesina de Vera, y pusieron como garantía a La Celma, propiedad de los Ramus. Cuando el país buscaba a Aramburu, ese dato sirvió para conducir a los policías hasta la finca. Lo hicieron el 16 de julio, 45 días después del asesinato. ¿Sabían que el general –vivo o muerto– estaba allí? Como en el resto de la historia, las versiones difieren. Pero el hecho de que sólo hayan ido cuatro policías locales más duchos en cuatrerismo que en investigaciones complejas permite pensar que no. O que sí, pero que si Aramburu estaba ahí ya había poco que hacer por él.
Maltratada por la historia y el tiempo, “La Celma” es hoy una sombría osamenta de ladrillos gastados, baldosas rotas bajo altísimos techos corroídos y un silencio húmedo y grave que habita esta casa junto a los fantasmas de los guerrilleros que en el ancho comedor discuten la suerte de su prisionero, quien los espera atado a la cama de una de las cinco habitaciones de la finca. En la más lejana a la entrada, aquella que tenía una trampa en el piso para acceder al sótano, ya no quedan ni el piso ni el sótano: sólo un agujero de dos metros de profundidad poblado de montañas de tierra floja, plantas y yuyos silvestres e informes restos de madera y hierros.
Acá lo mataron. Acá lo encontraron .
Una de las historias más repetidas cuenta que, en una de sus esporádicas estadías en Timote posteriores al caso Aramburu, don Gustavo Ramus murió en La Celma. Cierta o no, la versión resulta inquietante: una especie de tardía cobranza del destino, que vuelve para tomar la vida del padre donde el hijo había tomado la del controvertido general. Según Mario Bregman, don Gustavo venía poco a Timote, pero mantuvo unos años la vieja camioneta Gladiator que su hijo había usado en el secuestro de Aramburu . “Tenía un bollo emparchado en la puerta del conductor, y yo le decía que lo arreglara, pero él me contestaba: ‘Dejá, mejor ni tocarla. Andá a saber lo que hizo Carlitos con esta camioneta’. Pobre Gustavo”.
Tito Fraile nació, creció y sigue viviendo en Timote, donde trabaja como delegado municipal. Era un pibe de 13 años cuando el rayo con la noticia de la aparición del cuerpo de Aramburu estremeció al pueblo de sorpresa y curiosidad. “Fui hasta La Celma con la bicicleta y me paré afuera. Me acuerdo que habían dejado el cuerpo en la galería frontal de la casa, a la derecha de la puerta, y que estaba tapado con una frazada, y que había cal por todas partes. Yo no entendía mucho los detalles, pero me daba cuenta de que estaba pasando algo muy muy importante . No sé por qué, pero fui a buscar un frasco de mayonesa vacío y guardé un poco de esa cal, con la que –supe después– habían cubierto a Aramburu cuando lo enterraron en el sótano”, recuerda hoy. “Justo el otro día mi mamá me dijo que revolviendo cosas viejas había encontrado el frasco. Yo me había olvidado. Mirá qué casualidad”, se ríe Tito.
Viuda y empobrecida, en 1979 la madre de Carlitos Ramus vendió La Celma a un vecino, quien a su vez la vendió al Ministerio de Educación bonaerense, con una escritura firmada por el gobernador de la dictadura Ibérico Saint Jean.
Su idea de hacer un museo en la finca quedó en nada , y la casa –intrusada y saqueada en varias ocasiones– comenzó a arruinarse hasta convertirse en el despojo que es hoy. Mientras, el plan para convertirla en un “espacio para la memoria” –con un contenido ideológico bien distinto al que imaginó Saint Jean– sigue latente.
Hace dos años, el diputado provincial Ricardo Gorostiza firmó un proyecto de resolución en el que se oponía “a la posibilidad de que tanto en el ámbito nacional o provincial se declare sitio o lugar histórico, o se propicie la instalación de un museo en la casa donde fue muerto el general Aramburu”. Notorio, eso de oponerse a una posibilidad.
La apasionada –¿enceguecida?– lectura del pasado también alcanzó a los timotenses en mayo de 2008, cuando una masiva recolección de firmas decidió el reemplazo del monumento y las placas dedicadas a Aramburu en la plaza del pueblo por otras consagradas al colimba Roberto Bordoy, un pibe de Timote muerto tras el hundimiento del crucero General Belgrano. “Algunos no entendieron que no fue nada contra Aramburu, sino un justo homenaje a nuestro vecino caído en la guerra”, explica Tito Fraile. “Pero pasan cosas locas, difíciles de explicar. Cuando la dictadura puso esas famosas placas, en 1980, durante tres meses dejó una custodia armada por si había atentados. Vos caminabas por ahí y de golpe te iluminaban con reflectores, a los gritos te pedían que te identificaras, parecía una película. Ahora las placas están guardadas para instalarlas en otro lado, porque son parte de nuestra historia. Sin embargo, tanto una nieta de Aramburu como un tipo que vive en San Martín de los Andes me llamaron para comprarlas, como si fueran un recuerdo o un fetiche. Raro, ¿no?”, sonríe el afable funcionario municipal. “Timote no es un pueblo politizado. Y yo creo que no conocemos ni la puntita de la verdad. Lo que sí te aseguro es que acá nadie sospechaba que Ramus y sus amigos fueran guerrilleros ”.
En Timote, las historias, anécdotas y leyendas siguen surgiendo detrás de cada puerta. En ellas, los hechos se retocan, se desmienten, se abren y se reencuentran en los labios de los protagonistas, o de los hijos y conocidos de los protagonistas. Las paredes carcomidas de La Celma escuchan en silencio, rodeadas por hermosos eucaliptos centenarios, algunos fresnos y un puñado de cinacinas achaparradas. Ellos son los verdaderos, los únicos testigos de la tragedia desatada hace cuarenta años tras esas ruinosas paredes, con los primeros cuatro de cientos, miles de disparos, bombas y torturas.
Arrostito: esa mujer, de Aramburu a la ESMA
31/05/10 Fue la única guerrillera en el secuestro y vivió huyendo. Un ícono para las montoneras.
Por Gabriela Saidón
 Doble paradoja: el hecho que catapultó a Norma Arrostito del anonimato a la arena pública, única mujer, campana y mascarón de proa en la vereda de Montevideo 1053 aquel 29 de mayo de 1970, fue lo que la hundió en la clandestinidad.
Su participación en el Operativo Pindapoy (secuestro y muerte de Pedro Aramburu) fue al mismo tiempo el punto inicial de su inclusión en el olimpo de los montoneros, y el de la demonización de su figur a.
Un amor . Ella, con su peluca rubia y su revólver en la cartera, soñaría con ser una chica Bond empapada de marxismo, con las figuras de Evita y el Che como faros. No dejaba de ser una chica sumergida en la ola que terminaría por arrastrar a una generación, empujada por dictaduras militares y bajo los nuevos mandatos de la Iglesia del Tercer Mundo y la Revolución cubana como modelo. Era valiente, y no era tan chica, a pesar de su aspecto algo aniñado (película preferida: Melody, con música de Bee Gees). Tenía 30 años. Y estaba enamorada. “Gaby”, ya en la Orga, era Norma cuando conoció a Fernando Abal Medina, siete años menor, que se perfilaba como líder. Se habían encontrado en los comienzos de la militancia, durante un paro de portuarios, en 1966. Por él dejó a su marido. Con él fue a Cuba a ser entrenada como guerrillera . Por él estuvo allí, en la vereda de Montevideo 1053.
Corazón astillado . El asesinato de Aramburu termina con Onganía. Lanusse ha prometido “justicia”, y está dispuesto a cumplir. El 15 de julio, el microcentro porteño amanece empapelado con los afiches de Buscados, al mejor estilo Lejano Oeste. Firmenich, Ramus, Capuano Martínez, Abal Medina, Arrostito (partícipes del secuestro) serán, también, tapa de diarios. Van a ir cayendo de a poco (menos Firmenich, que vive). A Fernando lo matan en septiembre. Ella sólo piensa en huir, esconderse.
Presa codiciada, salta de casa en casa, se deprime, pero sigue militando. En el ‘73, en la masacre de Ezeiza, una bala le roza una pierna y es internada. Allí empiezan sus problemas circulatorios. Los pies le cosquillean, tiene el corazón astillado.
Recién con el gobierno de Héctor Cámpora vuelve al podio: acto en Atlanta, discurso en Mendoza... Ella cumple con su rol de “Soldado de Perón”. Aunque viene siendo raleada por la conducción. Ser la viuda del jefe muerto no es fácil. Y los montoneros son una organización cada vez más militarizada y machista . Cuando el último golpe militar, la cúpula se va del país, ella se queda. Gaby vuelve a enamorarse y sueña con casarse de blanco. Se lo pregunta a un cura: “Padre, ¿yo puedo casarme de blanco?” Doble muerte . Una cita envenenada la entrega a sus verdugos. El 2 de diciembre de 1976, los militares arman un simulacro de enfrentamiento en Lomas de Zamora, mientras la atrapan en Capital. Los diarios la dan por muerta. Ella intenta con la pastilla de cianuro, pero le lavan el estómago y la desaparecen en la ESMA. Todo ahí es confuso. Su ambigua relación con el represor Chamorro, su conversión en una especie de sacerdotisa fantasmagórica, engrillada y prolija, que tira el Tarot, lee la Biblia y a García Lorca; su presunta función de prisionera trofeo modélica. En ese cuartito privado en La ESMA, ella atesora su provisión de cera para depilarse, ahora encargada de la mínima dignidad de sus compañeras de género. La verdadera muerte, la definitiva, es un domingo, 15 de enero de 1978, dos días antes de cumplir 38 años, inyección de pentotal mediante. O, según la última versión, acaso la mataron de un tiro. Como su amor había matado a Aramburu.
* Es autora del libro “La Montonera”, de editorial Sudamericana.

Multimedia: 
Grl Aramburu, en 1956 - Audio www.segundatirania.blogspot.com
Fuente: 
Diario Clarín 30/5/2010 y 31/5/2010
Diario Perfil 30/5/2010

Informacion Adicional: 
Tapa de la edición extra de Clarín del sábado 18 de julio de 1970
Diario La Nación - Miércoles 3 de mayo de 1995

Bibliografía:
Rosendo Fraga-Rodolfo Pandolfi - Aramburu la biografía - Vergara - Buenos Aires, 2005
Eugenio Méndez - Aramburu: el crimen imperfecto - Planeta - Buenos Aires, 1988
http://www.diasdehistoria.com.ar/content/40-a%C3%B1os-de-su-secuestro-y-crimen

Sarmiento, un visionario del siglo XXI


Febrero 15th, 2011

Se cumplen doscientos años del nacimiento de Domingo Faustino Sarmiento, estadista, educador, escritor, presidente y periodista, padre de la educación en la Argentina.
 - Sarmiento, un visionario del Siglo XXI - 15/2/2011
Fue estadista, educador, escritor, presidente de la Nación y periodista; su obra literaria fue una de las más bellas del continente, y las modernas ideas sobre la educación lo convirtieron en el padre de la escuela gratuita y libre para todos.
A 200 años de su nacimiento, la vigencia del legado de Domingo Faustino Sarmiento permanece casi intacto si de progreso, república democrática y excelencia educativa para todos los niveles se trata. "Sarmiento es un hombre con mucha mística que vivió en el siglo XIX y fue un visionario del siglo XXI. Asombra la vigencia de su pensamiento y de su conducta ética", resume la historiadora Felicitas Luna al referirse al "maestro de América", que hoy será recordado con distintas ceremonias en todo el país.
Historiadores, políticos, sociólogos y escritores coinciden en pleno siglo XIX en destacar la figura de Sarmiento, que en su larga vida -murió los 77 años- brindó al país ideas modernas sobre infraestructura y sobre educación, pilares para el desarrollo del país. Para el historiador Rodolfo Terragno, "hay que hacer como los cartoneros, que revuelven la basura para encontrar lo mejor. El basurero de la Historia está lleno vicios y pecados de los próceres. Pero, en el caso de Sarmiento, sólo cabe sacar de la bolsa su monumental y vigente concepto de la educación popular".
El ministro de Educación de la Nación, Alberto Sileoni, encabezará hoy los actos que conmemorarán los 200 años del nacimiento de Sarmiento. Será, a las 9, frente a la casa donde nació, el 14 de febrero de 1811 (fue bautizado el 15). Participarán el gobernador de San Juan, José Luis Gioja; el ministro de Educación de Chile, Joaquín Lavín, y 4000 abanderados de escuelas de esa provincia y de otras fundadas por Sarmiento en el país.
El gobierno porteño realizará un acto en la plaza Sicilia, en las avenidas del Libertador y Sarmiento, a las 11.15, encabezado por el jefe de Gabinete, Horacio Rodríguez Larreta, y el ministro de Educación, Esteban Bullrich.
En rigor, el sanjuanino recibirá honores en todo el país y en el exterior, como en Chile (donde estuvo exiliado gran parte de su vida), en Uruguay (país que adoraba) y en Paraguay, donde murió en compañía de su gran amor, Aurelia Vélez Sarsfield. Por ella sabemos que todo sucedió en un pequeño cuarto de hotel de Asunción y que una de sus últimas frases fue: "Siento que el frío del bronce me invade los pies".
Esta y otras interesantísimas anécdotas están descriptas en el Nuevo diccionario biográfico argentino, de Vicente Osvaldo Cutolo. Allí también se describe el encuentro de Sarmiento con José de San Martín en Francia, en 1846. Un año después, cuando fue nombrado integrante del Instituto Histórico de Francia (uno de los idiomas a los que se tradujo Facundo), pronunció una conferencia sobre San Martín y Bolívar donde, según Cutolo, "reveló el secreto de Guayaquil, es decir, los antecedentes y las consecuencias de la famosa entrevista obtenidos en sus largas charlas con el Libertador".
Ayer, Bullrich dirigió un comunicado a los maestros y alumnos, en el que detalla: "Sarmiento y educación son sinónimos. Porque mientras su historia de político y gobernante puede discutirse, el educador debe vivir en el respeto de todos. En este aniversario hay dos aspectos excepcionales de Sarmiento que quiero señalar. Primero, como creador obsesivo de la escuela pública argentina. Como alguien dijo, en este ideal «acumuló la firmeza de su carácter, la integridad de su honradez y la pujanza de su inteligencia». En segundo lugar, precisamente el tema de la honradez. No concibió gloria ni fortuna sino por los caminos de la rectitud e integridad".
Sarmiento, que vivió casi la mitad de su vida exiliado en Chile, ejerciendo el periodismo, estudiando inglés en soledad, escribiendo libros memorables y viajando por el mundo para traer al país las últimas innovaciones en todo, fue un hombre contradictorio.
Según Cutolo y el invaluable archivo de LA NACION, este héroe indiscutido apoyó la posesión del estrecho de Magallanes a manos de los chilenos y a la vez peleó una guerra sin cuartel contra Juan Manuel de Rosas; fue un estratego fundamental en la historia de la educación nacional mucho antes de ser presidente; abrazó ideologías contradictorias, como unitarios y federales, y creyó en el progreso como un poseso sin sosiego.
Un repaso por su biografía cuenta que supo que había sido elegido presidente de la Nación en la ciudad brasileña de Pernambuco: él volvía de los Estados Unidos y el capitán de un barco de guerra norteamericano le dio la noticia. Para cuando llegó a Bahia, lo recibieron como al primer mandatario argentino, es decir, con la salva de 21 cañonazos.
Sarmiento extendió la red de ferrocarriles, implantó el telégrafo en todo el país y lo puso en comunicación con los Estados Unidos y Europa a través de un cable submarino, mandó abrir caminos, postas, impuso el sistema métrico decimal, promovió la navegación de los ríos, proyectó la construcción del puerto de Buenos Aires, "estimuló el progreso industrial -dice Cutolo- mediante premios e incentivos económicos, alentó la mecanización agrícola, recomendó la introducción de nuevas industrias y la división de latifundios, entre otras cosas".
CRONOLOGIA
1811
El día de su nacimiento
Nació el 14 de febrero de 1811 en el barrio Carrascal, de San Juan, pero fue bautizado el 15. Se llamó Faustino Valentín y su madre siempre le dijo Domingo.
1845
El primer nombre del "Facundo"
La primera publicación del "Facundo" salió desde mayo hasta junio de 1845 con el título "Civilización y barbarie. Vida de Juan Facundo Quiroga".
1868
"Qué lejos llegó su Domingo"
Cuando fue elegido presidente, en 1868, dijo: "Si mi madre pudiera ver qué lejos llegó su Domingo".
En Chile
Los hijos del exilio
En su primer exilio a Chile tuvo a su hija Ana Faustina, y en su segundo exilio se casó con Benita Martínez Pastoriza y adoptó al hijo de ésta, Domingo, más conocido como Dominguito.
1888
Al morir supo que trascendería
"Siento que el frío del bronce me invade los pies", dijo momentos antes de morir en Asunción, Paraguay, el 11 de septiembre de 1888, a los 77 años.
1943
Institución del Día del Maestro
En 1943, a 55 años de su fallecimiento, la Conferencia Interamericana de Educación estableció el 11 de septiembre como Día del Maestro.
DIXIT
"No conforme con ser el más grande escritor del siglo XIX, Sarmiento sigue planteando interrogantes a la literatura y el ensayo del siglo XX: de Lugones a Martínez Estrada y David Viñas, nadie pudo prescindir de él. Sólo una fórmula simplificadora resume a Sarmiento como figura sencillamente condenatoria, antiargentina o antipopular. Historiadores como Halperin Donghi no sucumben jamás a esa tentación trivial. Sarmiento es un eje en el debate sobre el proyecto para este país. Fue un hombre atravesado por los vientos de su época. Su atracción es sencillamente magnética. El último e inesperado periplo de esa atracción no son las diatribas revisionistas de segunda mano sino el "Himno a Sarmiento" por Kevin Johansen y Pablo Lescano". BEATRIZ SARLO. Historiadora
por Alejandra Rey
Opinión
El soñador sigue soñándonos
Ricardo Gil Lavedra

Excede los límites de esta columna reflexionar sobre las facetas de la vida y de la vasta obra del autor del Facundo , a quien, como a aquel personaje de Terencio, nada de lo humano le fue ajeno. Sarmiento combatió tempestuosamente por sus ideas sin dar ni pedir tregua. Se le pueden reprochar errores y arbitrariedades, simplificaciones e injusticias, pero quienes critiquen tal o cual párrafo de una producción escrita cuya magnitud es difícil de concebir deben tener en cuenta que su autor no fue un sereno analista de la realidad, sino un luchador. Paul Groussac lo llamó "el formidable montonero de la batalla intelectual".
¿Cuáles fueron los propósitos fundamentales de esa batalla? El progreso, la civilización, la república democrática, a la manera norteamericana, y, sobre todo, la educación popular. Otros aspectos de sus ideas se prestan más fácilmente a la polémica, pero su obsesión educativa mantiene su lozanía. El eje de su concepción fue la escuela elemental, destinada a todos los habitantes. Hoy nos resulta natural que así sea, pero a mediados del siglo XIX la enorme mayoría de la población, en todo el mundo, era analfabeta. Casi nadie compartía esa impaciencia de Sarmiento por la alfabetización universal. Alberdi, tan lúcido en otras cuestiones, le asignaba una importancia menor, por ejemplo, que a los hábitos de trabajo, y no creía, como Sarmiento, que las mujeres debieran tener la misma educación que los hombres.
La educación popular era el medio indispensable para crear al ciudadano. Al regresar a Buenos Aires de los Estados Unidos, para asumir la presidencia, declaró en el puerto: "Vengo de un país donde la educación lo es todo. Y por ello allí hay democracia". Es la premisa esencial de su obra, profundamente progresista en el mejor sentido del término, que produjo por muchos años un país pujante, con una extendida clase media y una movilidad social que ubicaba a la Argentina entre las naciones más avanzadas del mundo.
Sarmiento fue el adalid de esa idea, por la que bregó desde su juventud, enseñando, creando un método de lectura gradual, estudiando los sistemas educativos en Europa y en los Estados Unidos, fundando escuelas, trazando planes de enseñanza e impulsando, en los años finales de su vida, la sanción de la ley 1420, de educación laica, gratuita y universal.
La Argentina del siglo XXI es muy distinta de aquella que Sarmiento, como pocos, ayudó a construir. Las soluciones a los problemas de su tiempo, que el Maestro de América imaginó con un sentido de inaudita modernidad, no podrían aplicarse tal cual fueron concebidas. Pero la recuperación del espíritu que las originó es ahora, más que una opción, un deber moral. Tenemos que lanzarnos colectivamente a una revolución educativa porque la educación popular es, como lo intuyó Sarmiento, el único camino para el progreso social y para alcanzar una democracia de ciudadanos. El reto es la expansión de la educación elemental y la calidad de la educación, que es, en una economía global del conocimiento, la llave contra la desigualdad. Podremos decir, parafraseando a Borges: "Sarmiento el soñador sigue soñándonos".
El autor es constitucionalista y diputado nacional
Buen equilibrista en la escritura
Pablo Gianera
LA NACION

El peligro al que se exponen los escritores que se exponen a la política suele consistir en que terminan engañando a la literatura con la política y a la política con la literatura. Casi en los orígenes mismos de la historia literaria argentina, Sarmiento realizó un milagro que después, ya en pleno siglo XX, tantos otros intentarían repetir. Fue una proeza, una pirueta perfecta en el aire, digna del mejor equilibrista: que cada una de sus líneas estuviera cargada, saturada, de política en el más alto grado y que -a pesar de ese lastre, a causa de ese lastre- fuera literatura en estado puro. Claro que Sarmiento tenía la precedencia inmediata de "El matadero", de Esteban Echeverría, escrito pocos años antes de la publicación del Facundo .
Por eso, como observó en una ocasión Ricardo Piglia, la literatura argentina empieza dos veces: en "El matadero", que se cierra con la muerte, y en la primera página del Facundo , que se abre con el exilio y la denuncia. La diatriba, sin embargo, no abarató jamás la prosa de Sarmiento. Su estilo era salvaje y a la vez refinadísimo (el rigor y la invención se intercambian victorias y derrotas, y es capaz de citar a Shakespeare? ¡en francés!). Ese estilo se había afilado en la violencia política sobre los cuerpos y en la fascinación por ella.
Nada más poético que las mezclas heterogéneas, escribió el poeta Novalis. Todo lo que escribió Sarmiento, romántico de principio a fin, se rige por ese principio. Biografía adulterada del caudillo, novela, confesión del escritor, panfleto? Esta indecisión del Facundo se proyecta sobre la frase y en cierto modo la moldea, la vuelve inconmensurable.
El reconocimiento, pero también la mirada crítica
"Sarmiento fue en las letras un espíritu libre; en lo político, un liberal, y en la intimidad un libertino. A mucha honra ". FEDERICO ANDAHAZI .Escritor
"Su frase ' las contradicciones se vencen a fuerza de contradecirse' guía la militancia en tiempos adversos ". LUIS ALBERTO ROMERO.Historiador
"Domingo Faustino Sarmiento es el más grande escritor argentino junto con Jorge Luis Borges ". LUIS GREGORICH. Historiador
"Leer la obra de Sarmiento es imprescindible para conocer el país y comprender cuánto le debemos ". MARIA SÁENZ QUESADA. Historiadora
"Su contribución a la educación fue tan importante y decisiva que invita a mirar con otros ojos sus evidentes errores". JUAN LLACH. Sociólogo y economista
 
                                                    77 años en 20 días - Diario de Cuyo

Por primera vez un medio gráfico recorrió palmo a palmo cada sitio en el que vivió Sarmiento, en Argentina, Chile y Paraguay. Se reconstruyó su historia de exilios, batallas y amores encontrados.

La primera escuela que fundó en San Luis, hoy es un ícono turístico. La habitación en la que murió en Paraguay, funciona como aula de una escuela. Su fotografía aparece en la carta del menú de un restaurán en Santiago de Chile y sus notas periodísticas están guardadas bajo cuatro llaves en los archivos del diario El Mercurio de Valparaíso. Estos son algunos ejemplos que muestran que por donde pasó Domingo Faustino Sarmiento, dejó huellas. Marcas profundas que todavía laten, sobre todo en Sudamérica donde vivió la mayor parte de su vida. DIARIO DE CUYO siguió el mismo recorrido que hizo el sanjuanino a lo largo de sus 77 años de vida. Fueron 10.000 kilómetros andados en 20 días, por tres países sudamericanos en los que el prócer se radicó. Un trabajo periodístico sin precedente que sirve para celebrar hoy el Bicentenario de su Natalicio.
Por primera vez un medio gráfico recorrió palmo a palmo cada sitio en el que vivió Sarmiento, en Argentina, Chile y Paraguay. Se reconstruyó su historia de exilios, batallas y amores encontrados. Todo con una mirada actual que muestra, a través de las páginas de este suplemento, lo que queda de Sarmiento en los lugares recorridos.
Hubo que atravesar Chile de Norte a Sur, llegar hasta un inhóspito pueblo puntano, navegar un par de ríos, cruzar la triple frontera y descubrir el corazón de Paraguay, para ver que la obra de Sarmiento todavía sigue vigente en Sudamérica y que los latigazos de su ideario también llegaron hasta el Norte del continente americano. Sus pasos dejaron huellas. Marcas que fueron desempolvadas por DIARIO DE CUYO y que hoy ofrece a sus lectores. Lo hizo observando in situ, cada lugar en el que Sarmiento se instaló, durmió, comió y escribió.
Llegar hasta estos sitios implicó descubrir a un Sarmiento poco conocido en esta provincia. De hecho, sólo vivió en San Juan 22 de sus 77 años. Es por eso que seguir sus huellas no fue fácil. Hubo que armar un rompecabezas del que en un comienzo hasta faltaron piezas. Datos imprecisos y hasta incompletos, brindados por un sinfín de biografías fueron el punto de partida. Pero una vez iniciado el viaje, los hallazgos fueron sorprendentes. Hasta el punto de entender que Sarmiento tiene una importancia histórica en otros países, que es poco dimensionada en San Juan.
Durante el recorrido, este medio se encontró con restos de una escuela avasallada por una dictadura militar chilena, una casa que se convirtió en museo, una de sus primeras aulas que hoy es una oficina de correo, y hasta una de sus viviendas chilenas que intenta curar las heridas de un terremoto reciente. Fueron muchas las personas que colaboraron para rearmar el recorrido. Desde un taxista paraguayo, hasta un bibliotecario santiaguino. El propietario de un restaurán de uno de los barrios más tradicionales de Chile y un guía de turismo perdido en el desierto de Atacama. Un grupo de ex alumnos de la primera escuela Normal que fundó en Santiago, deseoso de contar su historia y hasta periodistas que trabajan en el diario más antiguo de Sudamérica, por el que también pasó Sarmiento.
El desafío que se enfrentó no sólo tuvo que ver con la investigación histórica y con datos confusos que tuvieron que ser desenmarañados en el camino. El traslado a los distintos lugares implicó viajar en avión, en colectivo, en camionetas 4x4 y hasta en un catamarán. Un mate en la casa de Tigre, la amabilidad de los empleados de la Casa de San Juan en Buenos Aires, y hasta un coleccionista de antigüedades que intenta resucitar el barrio Yungay, sirvieron de apoyo para seguir con el recorrido. Es que hubo que pasar de la urbe más moderna y con torres espejadas de más de 40 pisos, a la pobreza de un país en el que los tobas se instalaron en su plaza principal para reclamar tierras. Ir desde la selva tropical, donde el granizo y las tormentas eléctricas son cosas de todos los días, hasta el más desgarrador desierto en el que no hay registro de que haya llovido alguna vez. Todos estos sitios fueron habitados en algún momento por Sarmiento, llevado por los exilios, por la búsqueda de un bienestar económico y hasta por el amor. Y hoy, tras el paso de casi dos siglos, su figura y su obra sigue intacta en estos lugares.
DIARIO DE CUYO apostó a realizar un recorrido inédito para rendir homenaje al hombre que nació en su tierra y del que todavía se habla en varios países del mundo. Sus múltiples facetas hicieron que los hallazgos durante el viaje fueran una constante sorpresa. Visionario, progresista, tan odiado como amado, Sarmiento marcó una época y logró que su busto esté hoy en varios puntos del planeta. Que calles, plazas y escuelas de numerosos países, lleven su nombre y que hasta poblados como el Delta en el Tigre o el barrio Yungay en Chile, se hayan formado gracias a él. Es por eso que la figura de este sanjuanino sigue vigente y es lo que DIARIO DE CUYO intenta mostrar a través de las páginas de este suplemento.

Fuente: 
Diario La Nación 15/2/2011
Diario de Cuyo 15/2/2011

Informacion Adicional: 
Libros de Domingo F. Sarmiento:
- Facundo (1845)
- Educación Popular (1849)
- Recuerdos de provincia (1850)
- Argirópolis (1850)
- Viajes por Europa, Africa y América. 1845-1847 (1849)
- Diario de Gastos (1849)
- Campaña del Ejército Grande (1852)
- La escuela sin la religión de mi mujer (1852)
http://www.diasdehistoria.com.ar/content/sarmiento-un-visionario-del-siglo-xxi

La Vuelta de Obligado


Diciembre 8th, 2010

A cotinuación, se presenta una selección artículos periodísticos referidos a la batalla de la Vuelta de Obligado, librada el 20 de noviembre de 1845.
Una polémica histórica con ecos en el presente
La otra Vuelta de Obligado
El prestigioso historiador británico David Rock, profesor de la Universidad de California, quiso intervenir en la polémica que en esta misma página sostuvieron Pacho O'Donnell y Luis Alberto Romero sobre la Vuelta de Obligado y la visión oficial del nacionalismo argentino.
Como inglés nativo, no veo la década que siguió a 1840, al decir de Churchill, como nuestra hora más gloriosa o " finest hour ". En el colegio, a esa década la llamábamos "los años cuarenta hambrientos", no sólo por la catastrófica hambruna irlandesa, sino por la prolongada recesión económica que perjudicó seriamente las vidas de los obreros británicos. Las presiones económicas internas provocaron varias aventuras imperialistas en el exterior, entre otras, las guerras infames del opio contra el imperio chino y la intervención de 1845 en el Río de la Plata. Sólo cerca de 25 miembros de las tropas francesas e inglesas murieron en el conflicto de la Vuelta de Obligado, un acontecimiento casi olvidado en Francia y Gran Bretaña. Las pérdidas argentinas fueron mucho mayores: posiblemente hubo hasta mil muertos. La "batalla" recuerda los episodios imperialistas típicos en la India o en Africa, en los cuales por cada muerto europeo perecieron cincuenta nativos. Pacho O'Donnell define el incidente como "una de las mayores epopeyas militares de nuestra historia". Si eso fuera verdad, la República Argentina habría tenido una existencia casi idílica. Ojalá la historia británica hubiera sido la misma. En Gran Bretaña, el lenguaje de O'Donnell se aplicaría a acontecimientos como el primer día de la Batalla del Somme, el 1° de julio de 1916, cuando sesenta mil soldados ingleses cayeron en los primeros treinta minutos del enfrentamiento, ante las ametralladoras alemanas.
A pesar de su lenguaje exagerado, el artículo de O'Donnell tiene un cierto contenido analítico. Enfatiza, correctamente, la importancia de los barcos de vapor en el conflicto de 1845. Lord Palmerston veía al río Paraná como un sitio ideal para probar los barcos de vapor como máquinas bélicas. Los constructores de este tipo de buques en Inglaterra querían aumentar su producción si aparecían los mercados compradores. Algunos comerciantes de Liverpool soñaron con convertir al gran río (que creían conectado directamente al río Amazonas, a través de las junglas brasileñas) en un segundo Mississippi. Como señala O'Donnell, algunos comerciantes británicos concibieron el plan de redefinir el mapa político de la región del Plata, reduciendo el territorio de la Confederación Argentina y aumentando el de la República del Uruguay.
La batalla de la Vuelta de Obligado resultó una derrota para Rosas, aunque posteriormente él pudo reclamar una victoria estratégica, cuando los británicos abandonaron su acción bélica y volvieron a la diplomacia. Estos evitaron cualquier medida violenta en la construcción de su imperio de negocios en la Argentina. Aunque no discrepo totalmente con O'Donnell, comparto la crítica de Romero de su versión de romanticismo histórico. Nadie debe olvidarse del papel de la demagogia revisionista en la tragedia argentina de los años 70 del siglo pasado.
Romero resume bien las opiniones de muchos historiadores distinguidos y confiables. Sin embargo, tanto él como O'Donnell no mencionan varios aspectos de la intervención de 1845 que son cruciales para su mejor comprensión. Bien conocido, por ejemplo, es el largo esfuerzo de Rosas por controlar la Banda Oriental; estos conflictos marcaron la continuación de la competencia entre Buenos Aires y Montevideo para dominar el comercio del Río de la Plata, que había empezado en el período colonial. El conflicto tipificó esta época de la historia latinoamericana después de la independencia. Los caudillos y los Estados-ciudades luchaban por la hegemonía de una manera más parecida a las guerras de la Grecia Antigua o la Italia del Renacimiento que a las luchas nacionales-populares europeas durante las revoluciones de 1848.
Ni O'Donnell ni Romero enfrentan los antecedentes de la participación de Francia y Gran Bretaña en el conflicto de 1845. Los franceses estaban concentrados en Montevideo; se opusieron a Rosas porque él les aplicó políticas discriminatorias; pasaron todo el período de Luis Felipe (1830-1848) tratando de derrocarlo. Bien distinto de la invasión de México durante el régimen siguiente de Napoleón III, los orleanistas trabajaron contra Rosas a través de bloqueos y socios locales como el general Juan Galo Lavalle. Los franceses nunca quisieron lanzar una invasión en tierra con tropas europeas, pues temieron que esto resultara un desastre costoso.
A diferencia de los franceses, los británicos habían establecido una presencia en ambas bandas del Río de la Plata. Buenos Aires atrajo a los británicos porque ofrecía acceso a mayores mercados y a productos vacunos de exportación. Por su parte, Montevideo tenía un puerto más caudaloso que Buenos Aires, y más cerca del Atlántico; además, sus autoridades solían demostrar más voluntad de cooperar con los comerciantes británicos.
En 1845, los comerciantes británicos de Montevideo convencieron a sus socios en Liverpool de montar una campaña bélica contra Rosas. Argumentaron que Montevideo pronto podría convertirse en la base de un nuevo comercio muy apreciable hacia el interior sudamericano, a través del Paraná. Para cumplir este plan, era necesario eliminar la oposición de Rosas. Los propagandistas siempre escondieron su verdadera razón: una acción contra Rosas por un bloqueo a Buenos Aires les daría el monopolio sobre el comercio existente en el Río de la Plata. El conflicto de 1845 significó una lucha entre grupos de políticos y comerciantes en competencia por la hegemonía comercial. Marcó una nueva etapa en la larga pelea entre Buenos Aires y Montevideo por la supremacía en el Río de la Plata.
Samuel Lafone merece una mención destacada en los anales del imperialismo victoriano. El lanzó la visión del comercio a vapor entre Montevideo y el alto Paraná; concibió el plan de redefinir las fronteras entre la Argentina y Uruguay a beneficio del segundo; en los años 50, gestó el desarrollo de las islas Malvinas, desde Montevideo. En 1845, Lafone convenció a William Ouseley, el enviado diplomático de Aberdeen, de enviar la expedición naval, junto con los franceses, por el Paraná y emprender el ataque a las tropas rosistas en la Vuelta de Obligado. A pesar de su triunfo militar, los británicos sacaron escaso provecho de su agresiva aventura, porque las oportunidades comerciales de la región del Paraná y del Paraguay fueron casi nulas.
Aberdeen había ordenado a su enviado utilizar la fuerza como último resorte y pronto condenó la entrada forzada al Paraná. Rápidamente, la opinión pública inglesa se dio cuenta de que la intervención contra Rosas producía grandes ganancias para los comerciantes de Montevideo, pero provocaba el descenso del comercio británico. La oposición creció a tal punto que a principios de 1846 los británicos abandonaban toda su anterior estrategia. Como ocurrió repetidas veces en el siglo XIX, el imperialismo británico se formó menos como resultado de una política gestada en Londres que por las acciones de los agentes comerciales locales o " men on the spot ", en este caso, Lafone y Ouseley.
"No somos ni Argelia ni la India", declaró gallardamente Rosas, cuando las fuerzas británicas se habían retirado. A pesar de su oposición a la intervención, el gobernador aceptó plenamente la idea de una asociación comercial con los europeos. En 1847, el diario pro rosista escrito en inglés en Buenos Aires, The British Packet , publicó un manifiesto sosteniendo que una relación con Gran Bretaña que hoy llamaríamos "imperialismo informal" sería provechosa para ambas partes. El diario llamó a los británicos a enviar obreros y granjeros a Buenos Aires, que se dedicarían al comercio y al sector rural. De haber venido, los británicos hubieran gozado, según el diario, de "todos los beneficios de una colonia sin costo ni responsabilidad". Los rosistas también proponían el tipo de relación con Gran Bretaña que de hecho se materializó hacia fines del siglo XIX. Lo que hoy los revisionistas condenan como "la oligarquía antinacional o entreguista" asociada con los británicos? ¡incluiría a Rosas mismo! Obviamente, lo propuesto por Rosas tuvo el apoyo de los británicos establecidos en Buenos Aires. Ellos peticionaron al Foreign Office que se abandonara la intervención militar y rehusaron el consejo de Ouseley de salir de Buenos Aires. Todos se mantuvieron leales a Rosas y defensores de la soberanía provincial.
Conozco a un solo entusiasta de una hipotética conquista militar británica de Buenos Aires. Irónicamente, un irlandés. En 1845-1847, Antonio Fahy, un cura empobrecido y recién llegado, pidió un subsidio del gobierno británico anunciando su voluntad de actuar como un líder colonial, sobre la base de su prestigio dentro de la comunidad irlandesa de Buenos Aires.
Una narrativa acertada de los sucesos de 1840 en el Río de la Plata subraya lo anacrónico de la terminología empleada por O'Donnell: "democracia popular", "soberanía nacional" y "nacionalismo", por ejemplo.
La batalla de la Vuelta de Obligado fue una masacre de "nativos" típica de su tiempo. Más que un arquetipo del nacionalismo popular, Rosas era un dictador de un Estado-ciudad que, a la vez que supo defender su propio territorio, también deseó siempre una relación cercana y provechosa con los países imperialistas.
Como nota Romero, aquellos años pertenecieron a la época prenacional y prenacionalista de la Argentina. Los intelectuales liberales preclaros, como Alberdi y Sarmiento, soñaban con una república consolidada que emulara la pujanza democrática y republicana de Estados Unidos. Pero en aquella época sus proyectos todavía se hallaban muy lejos del imaginario de la masa popular. © La Nacion
por David Rock, historiador británico,es especialista en historia política argentina.
Fuente:
Diario La Nación 6/12/2010

Los festejos por el día de la soberanía
La efigie de Rosas volverá a dominar la ribera de la Vuelta de Obligado
La presidenta Cristina Fernández inaugurará mañana el monumento –obra del artista Rogelio Polesello– que conmemora la batalla en la que 2300 hombres se enfrentaron a la flota anglo-francesa, el 20 de noviembre de 1845.
El rosario de cadenas que se levanta en medio del paisaje ribereño tiene 850 eslabones de hierro color óxido. Un tono que simboliza el paso del tiempo y retrotrae a aquella batalla de 1845 en la que 2300 hombres se enfrentaron a una flota anglo-francesa (muy superior en hombres y recursos) en ese rincón del Paraná conocido como Vuelta de Obligado. A un costado, se alza la figura de Juan Manuel de Rosas, recortada en rojo punzó.
Mañana, a 18 kilómetros de San Pedro, en el lugar donde ocurrió aquella contienda, la presidenta Cristina Fernández dejará formalmente inaugurado el monolito que el artista Rogelio Polesello creó para recordar esa victoria. Tiene 15 metros de diámetro y 4 de altura. Por entre los eslabones, circulará el agua, para que quien lo vea recuerde que unos hombres dieron la vida por la soberanía.
Será sólo una de las actividades de la jornada de mañana, que desde este año será conmemorada con un nuevo feriado nacional. El 20 de noviembre de 1845, la Vuelta de Obligado fue un hecho fundante para la identidad nacional. Es por eso que en este, el año del Bicentenario, se rememora y recuerda la gesta en que la Confederación, liderada por Juan Manuel de Rosas, defendió la soberanía frente a una flota extranjera que intentaba incursionar por los ríos del Litoral.
“A la presidenta le gustó mucho la maqueta que presenté y me sugirió algunos cambios, como la incorporación del color rojo de la estrella federal”, dijo Polesello a Tiempo Argentino.
La celebración incluirá la presentación de un circuito turístico que tendrá como punto principal el Museo de la Batalla de la Vuelta de Obligado, donde se expondrán objetos de la contienda militar que, a 165 años de ocurrida, los arqueólogos que trabajan en San Pedro todavía siguen hallando en el lugar. Un nuevo cartel indica en el lugar que se está en el “Parque Histórico Natural. Cuna de la Soberanía Nacional”. Los terrenos donde se libró la batalla eran propiedad de la familia Obligado, parientes del poeta Rafael Obligado.
El camino, con subidas y bajadas, lleva también al sitio donde se instaló una de las cuatro baterías con las que las fuerzas del general Lucio N. Mansilla, cuñado de Rosas, enfrentaron a los invasores. “Mi tío aparece: era un hombre alto, rubio, blanco, semipálido, combinación de sangre y de bilis, un cuasi adiposo napoleónico, de gran talla, de frente perpendicular, amplia, rasa como una plancha de mármol fría, lo mismo que sus concepciones; de cejas no muy guarnecidas; poco arqueadas, de movilidad difícil”, describió magistralmente a Rosas su sobrino, Lucio V. Mansilla, hijo de aquel general.
Después de 165 años y a partir de mañana, será la controvertida figura del Restaurador, Juan Manuel de Rosas, pero desde los ojos de Polesello, la que se asome a la ribera sampedrina.
por Natalia Páez
Fuente:
Diario Tiempo Argentino 19/11/2010
Opinión
La batalla de Obligado
En 1846, la prensa rosista, sobre todo el Archivo americano, dirigido por el sagaz polígrafo napolitano Pedro De Angelis, no dejaría pasar las importantes apreciaciones que el general San Martín enviaba precisamente desde Nápoles, donde se hallaba por razones de salud. Lo que había despertado el fervor de San Martín era la noticia de la batalla de Obligado, ocurrida unos meses antes, por lo que se ponía a disposición de Rosas. A pesar de sus dolencias, escribe varias cartas en donde incluso considera la eventualidad de la toma de Buenos Aires por parte de Francia e Inglaterra. En esa hipótesis, razonaría consejos militares de gran sutileza para poder recuperar la ciudad aun con milicias de menos calidad y cantidad que las europeas. Su escrito cumplía un papel de disuasión ante los poderes imperiales europeos.
Al final de sus días, el general dona su sable a Rosas a través de la cláusula tercera de su testamento. Rondaba su pensamiento un solo tema, la posibilidad de comparar la dimensión de la emancipación del dominio español con la lucha del gobierno de la Confederación Argentina contra las dos mayores potencias europeas, la Francia de Luis Felipe de Orléans y la Inglaterra que ya comenzaba su “era victoriana”, con sucesivos primeros ministros que el mundo recordaría, Melbourne, Peel, Palmerston, luego Gladstone y Disraeli.
Son los años de la revolución industrial madura, de la expansión del imperialismo mercantil, de la guerra del opio, de la hambruna irlandesa, de los cercos sobre el Río de la Plata en nombre de la “libre navegación de los ríos”. Rosas había estudiado bien la política inglesa y alguna vez se jactará de su amistad con Lord Palmerston, a quien al parecer pertenecía la propiedad que ocupará como exilado en las afueras de Southamptom. El Foreign Office es sutil y Rosas no lo es menos. Se conocen, se han combatido, secretamente se han admirado y comprendido.
En cuanto a Francia, gobierna Luis Felipe de Orléans, el régimen que Marx en Las luchas de clases en Francia había llamado la “monarquía financiera”. Su ministro Guizot era gran conocedor de la historia francesa e inglesa, rival de Palmerston pero no de Peel, admirador del gran historiador inglés Gibbon –del mismo modo que, muchos años después, también lo admiraría un ciudadano nacido en el país al que atacaría en dos oportunidades la marina de Francia: Jorge Luis Borges–. Rosas tampoco desconocía la política francesa y según una paradoja que Sarmiento considera en el Facundo, se valía de la propia prensa europea, que íntimamente despreciaba, para defender su gobierno. En efecto, el escritor francés Emile Girardin mantiene un diario, La Presse, que al parecer era financiado en cierto momento desde Buenos Aires para defender las posiciones del gobierno de la Confederación rosista en esos años de fuego, si es que algunos no lo son.
Rosas no carecía de pensamientos políticos elaborados, aunque no solía expresarlos en público. La liturgia barroca de su gobierno, tema de gran interés, hizo que se lo comparara con Felipe II. Había escrito un diccionario de lenguas pampas porque el mundo del orden, que era el suyo, implicaba saber el idioma en que se debía garantizar la sumisión de los vencidos. Fugazmente, despertaría el interés de Darwin, quien se cruza con él en medio de la pampa. Rosas era lector de viejos textos ultramontanos y de ciertos clásicos. Alguna vez ha citado a Burke y a De Maistre, se sabe que cuida una valiosa edición de la Etica a Nicómaco y se guía por pasmosas encíclicas papales.
Además, tiene Rosas una concepción del absolutismo político que no es de floración espontánea, sino que proviene de su familiaridad con textos sobre El Príncipe, escritos por consejeros finamente reaccionarios, entre otros –como lo prueba Arturo Sampay– un teórico de las monarquías del siglo XVIII, Gaspard Réal de Curban. Viviendo como exilado en el farm inglés, reprodujo las escenas de una granja pampeana, intentó escribir sus memorias, se carteó con sus fieles, recibió a Alberdi y a los Quesada, llegó a interesarle a Ernst Renan (que leyó manuscritos de Rosas que le fueron entregados por Adolfo Saldías) y condenó a la Comuna de París en 1871, empleando la expresión “comunistas” con el mismo valor que le adjudicaron los credos reaccionarios del todo el siglo XX.
He allí un tema. La batalla de Obligado hay que verla eminentemente “desde el sable de San Martín”, el mismo que en la década del ’60 del siglo XX fue motivo de disputas y capturas simbólicas por parte del peronismo. Pero no puede ser vista desde las propias opiniones de Rosas y su mundo cultural de terrateniente exuberante, con su gauchocracia aúlica y ritualista. Rosas fue más astuto que lo que Marx imaginaba cuando en sus escritos de 1850 sobre la India especulaba que la “astucia de la razón” debía hacerse responsable de la crisis de la dominación británica en países de ultramar, donde el imperialismo debía penetrar ampliamente para luego crear él mismo la contradicción que lo derrocaría.
Concreto, Rosas tiene la astucia del gran propietario de tierras, mimético con la lengua de sus subordinados, que arma milicias propias y que, sin dejar de ser un empresario ganadero moderno, lo es preservando más arcaísmos culturales que los que toleraban Marx y Sarmiento. Por eso libra batallas de autonomía territorial pero sin concepción antiimperialista o libertaria, sino más bien autocrática. En nada se desmerece con esto ninguna batalla, en la medida que no hay hecho que no sea paradójico.
El movedizo psicoanalista esloveno Slavoj Zizek se deslumbró con Rosas como lo había hecho antes Pedro De Angelis, aunque un siglo y medio después. Dice precisamente que Rosas es el ser paradójico que impulsó la unidad nacional sin ser demócrata, que era un republicano jacobino que sin embargo hablaba como un conservador y que, en suma, fue una persona de derecha que cumplió objetivos de izquierda. No son interesantes hoy estos pensamientos. Las paradojas existen, liberan las existencias aherrojadas, componen lo político en su realidad última, pero si son mal planteadas, pueden dar una explicación “rosista”, por lo tanto antediluviana, a hechos interesantes ocurridos durante el período de Rosas. Marx, como se sabe, juzgó a Bolívar como un anacronismo político que impedía el reinado universal de las precondiciones revolucionarias en el mundo. Las raíces de este error “europeísta” fueron muy bien explicadas por el pensamiento de la “izquierda nacional” y del socialismo latinoamericanista de José Aricó, hace ya muchas décadas. Pero la razón absolutista de Rosas no significa lo mismo que la imaginación libre del vasto Bolívar.
La tesis de un tiempo latinoamericano específico, capaz de darles singularidad a los procesos emancipadores de estas tierras –tema de absoluta vigencia–, precisa de todas maneras una noción amplia y sensible del tiempo universal y de los problemas complejos de la modernidad. ¿Hasta qué punto es posible omitir, de la sensibilidad emancipatoria anticolonial, los elementos de una comprensión lúcida del conflicto social moderno? San Martín ve en la Europa de 1848 síntomas de disgregación social, juzga la convulsión de las barricadas revolucionarias como un hombre de orden, que lo es, pero a diferencia de Rosas, no lanza rayos y centellas ni pide auxilio al Vaticano. En un libro que pensaba titular “La religión del Hombre”, Rosas iba a proponer una Liga de Naciones de la Cristiandad regida por el Papa, a la manera de la Santa Alianza. Victor Hugo y Mazzini le parecían solo contenibles por la mano fuerte de Napoleón III. La Primera Internacional le preocupaba, y se mantiene informado puntillosamente sobre los movimientos de los adeptos de Marx.
El revisionismo histórico rosista, en sus variantes republicana conservadora, ultramontana apostólica, nacionalista católica, nacionalista popular y nacionalista de izquierda, y en sus estilos más o menos documentalistas o legendarios, plebeyos o aristocráticos, es un movimiento publicístico ampliamente vigente en la conciencia pública y en los medios de comunicación. De ser la segunda voz, nunca endeble, de las interpretaciones historiográficas, ha pasado a ser ya la primera. Propone amplios modelos del pasado para un juicio inmediatista sobre el presente. Admitamos que las extrapolaciones del pasado muchas veces son hilos internos vibrantes de los grandes trabajos de investigación histórica. Pero en especial si se procede con delicadeza en la traslación, tratando los textos sin reduccionismos ni forzamientos.
Son tiempos éstos en que son necesarios nuevos aglutinamientos sociales de emancipación, que conjuguen temas nacionales, sociales, de sensibilidad cultural y con nuevos lenguajes públicos que no se cierren en forma unidimensional sobre liturgias venerables. Estas gestas son hechos que pueden transferirse al presente en la medida en que los grandes arquetipos se nutran también de la noción de que en la historia nada es traducible de inmediato. Esta traducción será obra de un cuidado analítico, del respeto documental, de la imaginación pública para que las leyendas nacionales sean relatos democráticos y que las sagas del pasado no aprisionen litúrgicamente la rica heterogeneidad del presente.
La Vuelta de Obligado fue una epopeya nacional notable, que significa también una nueva obligación a la vuelta de una larga discusión argentina. Demostró y demuestra que hubo y hay una “cuestión nacional”. Demostró y demuestra que los proyectos de modernización cultural no deben estar hipotecados a los poderes mundiales que se arrogan mensajes civilizatorios aunque se presentan con incontables coacciones. Demostró y demuestra que es posible conmemorar una proeza nacional y popular sin aprobar el régimen político bajo el cual ocurriera. Demostró y demuestra que la rica variedad de la historia argentina no puede ser encapsulada en géneros fijos y simbologías señoriales. Demostró y demuestra que estamos obligados a hacer de la historia transcurrida el alma libertaria de los poderes populares instituyentes que están en curso.
por Horacio González, sociólogo, director de la Biblioteca Nacional.

Fuente:
Diario Página/12  23/11/2010

Vuelta de obligado
Revelan detalles de la batalla de 1845
La correspondencia de Mansilla muestra cómo fue la actuación de los indígenas y los niños.
Detalles hasta ahora desconocidos sobre la batalla de Obligado se conocieron con la exhibición de 120 cartas que revelan la participación y el apoyo de indígenas y niños en la campaña, aspectos logísticos del operati­vo puesto en marcha por el gene­ral Lucio Mansilla y hasta rispideces entre el militar y el juez de paz que actuaba como auto­ridad política en el lugar.
Es la primera vez que las cartas salen a la luz, luego de permanecer archivadas durante más de un siglo y medio, primero en el Juzga­do de Paz de San Nicolás y luego, en el archivo histórico municipal. En septiembre se expu­sieron en la Municipa­li­dad de San Pedro y ahora están en el Museo del Sitio Batalla de Obliga­do.
Se trata de la correspondencia que Lucio Mansilla, al mando de las fuerzas defensoras, mantuvo con el juez de paz nicoleño Manuel Vita y con sus propios comandantes, Juan José Obligado, Francisco Cres­po y Juan Antonio Garretón, en los días previos al enfrentamiento con la escuadra anglofrancesa, que tuvo lugar el 20 de noviembre de 1845.
En rigor, no se trata de las cartas originales, que continúan en San Nicolás, sino de fotografías en tamaño natural que se exhiben en el paraje donde ocurrió la confla­gración.
El director de Cultura sampedrino, José Luis Aguilar, impulsó la salida a la luz de las cartas y encomendó al Grupo Conserva­cio­nista de Fósiles local la trans­cripción del texto, que será puesta a disposición de los investigadores que lo deseen, junto con las fotos digitalizadas de las misi­vas. Quienes deseen copias digitales de las cartas, pueden pedirlas al mail gcfosiles@ictnet.com.ar .
Además de la inau­gu­ración del monumento alusivo a la batalla, se instalaron unas ochenta gigantografías que reproducen las cartas más relevantes que se dirigieron Mansilla, sus subordinados y el juez Vita.
En una de ellas, el general reprende al funcionario (que en esos tiempos, según explica Aguilar, jugaba un papel similar al del intendente de esa región) por hacerle perder tiempo durante los preparativos para el enfrenta­miento que se avecinaba.
"Observo con el mayor desagra­do que hubo un empeño caviloso por parte de Ud. [que] ha podido privarme de momentos que consa­gro en servicio público", escribió Mansilla con la ortografía de la época.
Este intercambio, como otros que figuran en el centenar de cartas, había escapado hasta aho­ra al escrutinio público. Aguilar dijo a La Nacion que hay varios historiadores intere­sa­dos en el material y que un equipo de la Universidad de Luján, encargado desde hace nueve años de las excava­ciones en el sitio de la batalla, ya tiene copias de los textos. En ellas, se mencionan la existencia de puestos de vigilancia destinados a desactivar intentos de espionaje y detalles sobre los insumos sanita­rios, entre otras curiosidades.
por Sebastián Lalaurentte
PARA QUE SIRVIO LA BATALLA
El 20 de noviembre de 1845 una flota enviada por Inglaterra y Francia avanzaba por el río Paraná hacia el interior del continente. Eran 22 barcos de guerra y 92 buques mercantes, estos navíos poseían la tecnología más avanzada en maquinaria militar de la época, impulsados tanto a vela como con motores a vapor. Una parte de ellos estaban parcialmente blindados, y todos dotados de grandes piezas de artillería forjadas en hierro y de rápida recarga, granadas de acción retardada y cohetes Congreve que causaban efectos devastadores. Disponían de 418 cañones y 880 hombres armados. Argumentaron que su presencia era por razones humanitarias y para garantizar el libre comercio. El gobierno de Rosas se dispuso a resistir las presiones de estas dos potencias europeas y decidió dar batalla. Los criollos esperaron a la flota en Vuelta de Obligado, un recodo donde el río se angosta a 700 m de orilla a orilla en la localidad de San Nicolás en Santa Fe. La idea era perpetrar una emboscada, contaban con seis barcos mercantes y 60 cañones construidos de apuro, con más fervor que pericia, con más voluntad que posibilidades de triunfo. Tres gruesas cadenas se desplegaron a lo ancho del Paraná para cerrar el paso, sostenidas por lanchones. Evidentemente no tenían chances, la desigualdad de fuerzas y de preparación era abismal. Sin embargo, es justamente esta evidencia lo que le otorga una nobleza especial al enfrentamiento. Fue una batalla perdida, la flota logró seguir avanzando y diezmó a las fuerzas de la Confederación, pero a partir de ese momento empieza otra historia.
Los opositores a Rosas habían convencido a los ingleses de que si atacaban iban a encontrar el apoyo y simpatía de los pueblos del litoral. De hecho, Florencio Varela dejó por escrito su entusiasmo con la llegada de la flota anglo-francesa y propició la separación de Paraguay, Uruguay y la creación de una república mesopotámica con la unión de Entre Ríos y Corrientes. En ese entonces el puerto de Montevideo era manejado por un comerciante inglés que tenía la concesión hasta 1848. Evidentemente muy buenos negocios, libres de impuestos, se presentaban como perspectiva al comercio europeo si lograban quebrar la resistencia a la “libre navegación” de los ríos Paraná y Uruguay.
La flota siguió su avance y tanto desde la prensa unitaria como desde medios británicos se festejaba la llegada de una nueva era comercial.
Pero los ecos de la batalla generaron una nueva resistencia, las poblaciones adyacentes a los ríos retiraron el ganado y todo aquello que pudiera servir de vitualla. Al pasar por las costas de San Lorenzo recibieron ataques de artillería como así también en otros puntos de la travesía. Al desembarcar en Corrientes y en Paraguay descubrieron con amargura que el alto costo de hambre, enfermedades y muerte no se ajustaba a los beneficios económicos que realmente esperaban obtener. Concluyeron que era mucho más racional reconocer la soberanía de la Confederación en sendos pactos que Inglaterra, y un año más tarde Francia, firmaron.
El gran triunfo fue dar la batalla. Quienes aseguran que el verdadero logro se dio en las negociaciones diplomáticas olvidan que en esas mesas de discusión siempre están presentes y juegan un rol fundamental la evaluación de las fuerzas y las voluntades en disputa.
Con la historia está sucediendo algo muy parecido a lo que se viene discutiendo en nuestro país con el periodismo. El historiador Luis Alberto Romero ha dicho que este “revival” de la Vuelta de Obligado abreva en un nacionalismo patológico que hace emerger al enano nacionalista que la sociedad argentina tiene muy arraigado. Por ello recuerda que para los historiadores profesionales la nacionalidad es una construcción social y no una esencia.
Eric Hobsbawm observó que la idea de nación reconoce tres etapas conceptuales muy diferentes: la primera ligada a la Revolución Francesa homologa nación con pueblo y tiene un carácter profundamente inclusivo. Todo el pueblo es la nación, el enemigo era la aristocracia. La segunda concepción es la que asociamos con las corrientes de derecha. El nacionalismo en este caso es excluyente. Enfrenta a las naciones, habla de superiores e inferiores, se desliza con facilidad al fascismo. El tercer nacionalismo posible es el que enfrenta a las naciones sometidas con sus metrópolis, es lo que se ha dado en llamar antiimperialismo y resalta los valores nacionales y la soberanía como impulso a la libertad a la autodeterminación de los pueblos. Por eso reivindicar en la historia aquellos momentos en los que se enfrentó a los imperios no es despertar al enano nacionalista sino muy por el contrario recordar que si bien es cierto que la nación no es una esencia, sino que es algo que se construye, está muy claro que esa construcción está jalonada de atrevimientos como el del 1845 y de derrotas que se convierten en victorias. En los días que corren es bueno tenerlo presente.
por Sergio Wichñevsky, historiador, UBA.
Fuente:
Diario La Nación 21/11/2010
A dos dias del aniversario del combate de la vuelta de obligado
Polémica entre nacionalistas y liberales
Dos historiadores - Pacho O'Donnell y Luis Alberto Romero- polemizan en torno a un hecho histórico que, desde este año, es feriado nacional.
Transformar la derrota en victoria
por Luis Alberto Romero

El Gobierno anuncia la gran celebración de un aniversario de la Vuelta de Obligado, la batalla en la que, el 20 de noviembre de 1845, las tropas de Rosas intentaron inútilmente bloquear el acceso de la flota británica por el río Paraná. Paralelamente, los escritores neorrevisionistas baten el parche y despiertan sentimientos e imaginarios de un nacionalismo hondamente arraigado en nuestra sociedad. A la vez, por qué no, realizan un buen negocio editorial.
Como de costumbre, anuncian la revelación de un episodio que la "historia oficial" ha mantenido oculto. En realidad, el episodio de la Vuelta de Obligado puede ser leído en casi cualquier libro que se ocupe del período. Por ejemplo, en dos autores clásicos y de ideas diferentes: José Luis Busaniche y Ernesto Palacio. Dos probos historiadores británicos, H. S. Ferns y John Lynch, han dicho todo lo que necesitamos saber acerca de las trapisondas del lobby de comerciantes e industriales de Liverpool y Manchester, que presionó permanentemente sobre la política del Foreign Office en el largo conflicto de la Cuenca del Plata. Tulio Halperin Donghi, hace 40 años, trazó un balance equilibrado del asunto, bastante favorable a Rosas: sin cuestionar los sólidos lazos que ligaban con Gran Bretaña a los hacendados y comerciantes porteños e ingleses -dice-, Rosas defendió encarnizada y a la larga eficazmente la independencia política de la región, en la época de la "política de las cañoneras", cuando nadie podía asegurar cuáles serían los límites del colonialismo europeo. Rosas puso esos límites.
Coincido con esos balances, que destacan no tanto las heroicas acciones militares en el Paraná como la tozuda y cazurra práctica diplomática de Rosas en los cuatro años siguientes. Me parece más difícil de aceptar, en cambio, que la batalla del 20 de noviembre de 1845 haya sido una gran "epopeya nacional", como se dice.
En primer lugar, fue una derrota. Honrosa y heroica, sin duda; victoria moral, como nos gusta a los argentinos; pero derrota al fin. La de los ingleses fue quizás una victoria a lo Pirro. Pero vencieron. Cortaron las cadenas, rompieron el bloqueo y llegaron con sus barcos a Corrientes, donde la sociedad local admiró los nuevos barcos de vapor y las damas alternaron y coquetearon con los oficiales británicos.
Sin embargo, sus logros fueron escasos. Los mercados de las provincias litorales eran menos atractivos que lo supuesto. Ninguno de los jefes políticos antirrosistas, en armas en las provincias litorales, quiso comprometerse con los ingleses. Los comerciantes británicos en Buenos Aires continuaron acumulando pérdidas con el bloqueo y reclamando una solución pacífica. Dicho esto, sopesemos el argumento de los neorrevisionistas: las fuerzas militares de Rosas, luego de la derrota del 20 de noviembre, practicaron una tenaz y meritoria guerrilla de retaguardia, que ocasionó pérdidas a la flota y a los buques mercantes ingleses. Un problema más. Por entonces, otros problemas en su vasto imperio informal reclamaron la atención del gobierno británico . En 1846 Aberdeen, cultor de la "política de las cañoneras", fue reemplazado en el Foreign Office por Palmerston, partidario del camino negociado. Hubo una nueva evaluación de la situación del Plata, y aunque el bloqueo se mantuvo hasta 1849, finalmente se llegó a un acuerdo muy honroso para el gobierno de la Confederación, en el que Rosas obtuvo lo que no pudo lograr en el campo de batalla. Celebremos pues el éxito pacífico de la diplomacia y no el fracaso de la guerra. La negociación y no la epopeya.
¿Fue "nacional" esta acción? También me parece dudoso. Los revisionistas y neorrevisionistas comparten una idea, de origen alemán, acerca de la existencia de una nación eterna, existente desde siempre y animada por el "alma del pueblo", el volgeist . Una idea importada, pensada para otras realidades, que nuestro nacionalismo aceptó con entusiasmo y aplicó a nuestro caso. Los historiadores profesionales sabemos que las naciones no existen desde siempre, sino que se construyen, en circunstancias determinadas. Casi siempre son impulsadas por Estados, que encuentran en el imaginario nacional su mejor legitimación.
En rigor, en 1845 el Estado nacional argentino todavía estaba en construcción; toda la Cuenca del Plata era un hervidero, y ni siquiera estaba claro qué parte de ella -¿el Uruguay o el Paraguay?- correspondería a la Argentina. Muchos conflictos estaban pendientes de resolución y era difícil saber cómo terminaría la historia, y en consecuencia, cuál de los intereses en pugna sería el "nacional". Nuestros neorrevisionistas dan por sentado que Rosas defendía el interés nacional. Quizá. Pero en la época había opiniones diferentes sobre cómo organizar el país, especialmente entre correntinos, entrerrianos y santafecinos, por no mencionar a uruguayos y paraguayos, cuya independencia Rosas cuestionaba.
En cambio es seguro que Rosas, bloqueando el Paraná e impidiendo la libre navegación de los ríos, sostuvo los intereses de Buenos Aires, una provincia que, bueno es recordarlo, hasta 1862 vaciló entre integrar el nuevo Estado o conformar un Estado autónomo. Rosas defendió con energía el monopolio portuario porteño, de cuyas rentas, no compartidas, vivía la provincia. Contra Rosas estaban quienes creían que la libre navegación de los ríos los beneficiaría. El conflicto se dirimió luego de Caseros. Mientras Rosas elegía exiliarse en Inglaterra -quizá para estudiar más de cerca a la "pérfida Albión"-, el Pacto de San Nicolás en 1852, y la Constitución Nacional en 1853, abrieron el camino a la libre navegación. Los neorrevisionistas hablan del triunfo de los intereses antinacionales. Eso los llevaría a ubicar a nuestra Constitución en el campo antinacional. A los que vemos en la Constitución el fundamento de nuestro orden institucional nos resulta imposible acompañarlos en esa posición.
Transformar una derrota en victoria. Hacer de una batalla donde primaron los intereses particulares de Buenos Aires un jalón en la construcción de la Nación. Todo eso es algo más que una opinión, poco rigurosa pero aceptable en un terreno por definición opinable, como lo es el pasado. Tal manera de ver las cosas constituye una parte central del "sentido común" nacionalista, muy arraigado en nuestra cultura, a tal punto de haberse convertido en una verdad que se acepta sin reflexión. En su tiempo, el revisionismo ayudó mucho a construirlo. Los escritores neorrevisionistas -confieso que me cuesta llamarlos historiadores- pulsan esa sensibilidad, la refuerzan, y adicionalmente la convierten en un buen negocio: bien publicitado, el nacionalismo patológico vende bien.
Digo nacionalismo patológico porque hay, en mi opinión, otro nacionalismo, al que prefiero llamar patriotismo, sano, virtuoso e indispensable para vivir en una nación. Pero en el sentido común de los argentinos predomina aquel otro: una suerte de "enano nacionalista" que combina la soberbia con la paranoia y que es responsable de lo peor de nuestra cultura política. Nos dice que la Argentina está naturalmente destinada a los más altos destinos; si no lo logra, se debe a la permanente conspiración de los enemigos de nuestra Nación, exteriores e interiores. Chile siempre quiso penetrarnos. Gran Bretaña y Brasil siempre conspiraron contra nosotros. Ellos fraccionaron lo que era nuestro territorio legítimo, arrancándonos el Uruguay, el Paraguay y Bolivia. La última y más terrible figuración del "enano nacionalista" ocurrió con la reciente dictadura militar. Entonces, el enemigo pasó de ser externo a interno: al igual que los unitarios con Rosas, la subversión era "apátrida" y, como tal, debía ser aniquilada. Poco después, la patología llegó a su apoteosis con la Guerra de Malvinas.
Ese nacionalismo constituye un mito notablemente plástico, capaz de adaptarse a situaciones diversas. Así, nuestro actual gobierno puede hacer uso de él, resucitar muchos de sus tópicos -tarea en la que ayudan estos escritores neorrevisionistas- e incluir en su campaña general contra diversos enemigos -la lista es conocida- este revival de la Vuelta de Obligado que prenuncia una revitalización del mito en beneficio propio, tal como lo está haciendo con la causa de las Malvinas. En 1983, muchos creímos que habíamos logrado desterrar al "enano nacionalista". Hoy, yo al menos lo dudo.
Una epopeya largamente ocultada
Pacho O'Donnell 

El combate de la Vuelta de Obligado es la expresión a cañonazos de un conflicto que recorre la historia argentina: el de las ambiciones de ciertas dirigencias vernáculas asociadas en beneficio propio con las potencias exteriores del momento, enfrentadas con los intereses nacionales, sobre todo de los sectores populares, que en 1845 fueron organizados y armados por su líder natural, Juan Manuel de Rosas.
Obligado es, junto con el Cruce de los Andes, una de las dos mayores epopeyas militares de nuestra patria. Una gesta victoriosa en defensa de nuestra soberanía política, económica y territorial que puso a prueba exitosamente el coraje y el patriotismo de argentinas y argentinos, lamentablemente silenciada por la historiografía liberal escrita por la oligarquía porteñista, antipopular y europeizante, vencedora de nuestras guerras civiles del siglo XIX.
Versión que continúa hoy vigente con algunos cambios epidérmicos y con denominaciones oportunistas que, por ejemplo, incorporan el término "social" para disimular su conservadurismo y continuismo. Corriente que, aprovechando los golpes militares y ante la expulsión de la historiografía peronista y marxista de nuestras universidades, se adueñó del poder que administra cátedras, subsidios, becas, empleos.
Ser revisionista no supone ser "antimitrista". Bartolomé Mitre fue un argentino excepcional que dirigió inmensos ejércitos, tradujo La Divina Comedia , llegó a presidente de la república. Y también escribió los fundamentos de nuestra historia al mismo tiempo que la protagonizaba. Tuvo la sensibilidad social de poner en superficie el heroísmo inconcebible de los caudillos altoperuanos, pero no pudo mantener esa objetividad al ocuparse de los caudillos federales tardíos, a quienes perseguía porque se habían constituido en un serio obstáculo para su proyecto de Organización Nacional. La historiografía que el revisionismo cuestiona se plasmó años después, en parte basada sobre sus escritos, pero sobre todo al calor de una "educación patriótica", cuyo objetivo fue hacer que las masas inmigrantes incorporasen "lo nacional" alimentadas por una versión rígida, simplificada y conservadora de nuestra historia. Cuando se habla de "historia oficial" se debe hablar más de Ricardo Levene que de Mitre.
Corría 1845. Las dos más grandes potencias económicas, políticas y bélicas de la época, Gran Bretaña y Francia, se unieron para atacar a la Argentina, entonces bajo el mando del gobernador de Buenos Aires, don Juan Manuel de Rosas. El pretexto "humanitario", infaltable en toda incursión imperial, tuvo la complicidad de los unitarios emigrados en Montevideo: a los "interventores", como les gustó llamarse a los europeos, no los movía otra intención que apoyar a quienes se oponían al gobierno supuestamente tiránico de Rosas.
Es cierto que Rosas era violento; todos en esa época lo eran, también Paz, Lavalle y Urquiza. En cuanto al terror rosista, es sin duda cuestionable la creación de "la Mazorca", una organización parapolicial para perseguir y amedrentar a los opositores; pero también es cierto que en sus períodos más cruentos, octubre de 1840 y abril de 1842, no murieron más de 60 personas, lejos de las 200 ejecutadas por Urquiza en las semanas posteriores a Caseros.
Los motivos reales de la "intervención en el Río de la Plata" fueron de índole económica. Se imponía el castigo a ese gaucho insolente que desafiaba a las potencias europeas con trabas al libre comercio y medidas aduaneras que protegían los productos nacionales, y fundando un Banco Nacional que escapaba al dominio de los capitales extranjeros.
Gran Bretaña y Francia se habían unido para expandir sus mercados aprovechando el invento de los barcos de guerra a vapor, que les permitían internarse en los ríos sin depender de los vientos y así alcanzar nuestras provincias litorales, el Paraguay y el sur del Brasil. Esas intenciones eran confirmadas por los casi cien barcos mercantes que seguían a las naves de guerra.
Lo más grave para nuestra soberanía era la pretensión de independizar Corrientes, Entre Ríos y lo que es hoy Misiones formando un nuevo país, la "República de la Mesopotamia", que empequeñecería y debilitaría aún más a la Argentina, que ya había sufrido el desgarro de la Banda Oriental, con la insólita anuencia de Rivadavia, y del Alto Perú (Bolivia) ante la indiferencia de Alvear. Sería Urquiza, luego de Caseros y en acuerdo con el emperador de Portugal Juan I, quien reconocería la independencia del Paraguay, algo a lo que Rosas se negó con pertinacia.
Ingleses y franceses creyeron que la sola exhibición de sus imponentes naves, sus entrenados marineros y soldados, y su modernísimo armamento bastarían para doblegar a nuestros antepasados, como acababa de suceder con China. Pero no fue así: Rosas, que gobernaba con el apoyo de la mayoría de la población, sobre todo de los sectores populares, decidió hacerles frente. Encargó al general Lucio N. Mansilla conducir la defensa. Su estrategia fue la siguiente:
1) Era imposible vencer militarmente a los invasores por la diferencia de poderío y experiencia, lo que hacía inevitable que tuvieran éxito en su propósito de remontar el río Paraná.
2) Dado que se trataba de una operación comercial encubierta, el objetivo era provocarles daños económicos suficientes como para hacerlos desistir de la empresa y lograr así una victoria estratégica que vigorosas negociaciones diplomáticas harían luego contundente.
3) Era necesario buscar un lugar del Paraná donde fuera posible alcanzar los barcos enemigos con los escasos, anticuados y poco potentes cañones con que se contaba.
Mansilla emplazó cuatro baterías en el lugar conocido como Vuelta de Obligado, donde el río se angosta y describe una curva que dificultaba la navegación. Allí nuestros heroicos antepasados tendieron tres gruesas cadenas sostenidas sobre barcazas y así lograron que durante el tiempo que tardaron en cortarlas los enemigos sufrieran numerosas bajas en soldados y marineros y devastadores daños en sus barcos de guerra y en los mercantes. El calvario de las armadas europeas y los convoyes que las seguían continuó durante el viaje de ida y de regreso, siendo ferozmente atacadas desde las baterías de "Quebracho", del "Tonelero", de "San Lorenzo" y, otra vez, desde "Obligado". La estrategia de Rosas y Mansilla tuvo éxito y las grandes potencias se vieron obligadas a capitular aceptando las condiciones impuestas por la Argentina y cumpliendo con la cláusula que imponía a ambas armadas, al abandonar el río de la Plata, disparar 21 cañonazos de homenaje y desagravio al pabellón nacional.
Desde su destierro en Francia, San Martín, henchido de orgulloso patriotismo, escribió a su amigo Tomás Guido el 10 de mayo de 1846: "Los interventores habrán visto por este échantillon que los argentinos no son empanadas que se comen sin más trabajo que abrir la boca". Más adelante felicitaría al Restaurador: "La batalla de Obligado es una segunda guerra de la Independencia". Y al morir le legó su sable libertador.
Insólitamente, hay argentinos que siguen empeñados en negar la importancia de Obligado y hasta objetan la victoria patriota. Aliados así otra vez con los invasores del 45, sobre todo con Francia, que, al calor de la humillación sufrida, insiste aún hoy que la guerra del Paraná le fue favorable. Aducen para ello que superaron las barreras de Obligado, remontaron el Paraná hasta su fin y regresaron. Como muestra, en el Panteón de Napoleón donde se exhiben las banderas enemigas tomadas en victorias militares, se exhibe en el puesto 32 una enseña argentina manchada en sangre recuperada de alguno de los lanchones que sostenían las cadenas.
Pero lo que demuestra su derrota es que no se cumplieron ninguno de los objetivos de la invasión de las potencias: las provincias litorales siguen siendo argentinas, el Paraná es un río interior de nuestro territorio y la Argentina no es un protectorado británico, como habían acordado los unitarios con las potencias "interventoras".
Serían otras las formas, más sutiles y eficaces, que las potencias invasoras, sobre todo Inglaterra, pondrían en juego en el futuro para restañar las heridas y para dominar hasta 1945 nuestra economía, nuestra política y nuestra cultura con la complicidad de sus "socios interiores".

Fuente:
Diario La Nación 18/11/2010

Luis Alberto Romero (Buenos Aires, Argentina, 1944).
Es Investigador Principal del CONICET y profesor titular de Historia Social General en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Dirige el Centro de Estudios de Historia Política en la Escuela de Política y Gobierno de la Universidad Nacional de San Martín. Dicta cursos de posgrado en la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO), la Universidad Torcuato Di Tella y la Universidad de San Andrés. Ha dictado cursos en diversas universidades nacionales y en las universidades Católica y de Santiago, en Chile, Nacional Autónoma de México, Federal de Rio de Janeiro, de Salamanca, Valencia y Oviedo, en España, en la École d’Hautes Etudes en Sciences Sociales, y el Graduate Center de la City University of New York. Ha sido director académico de la colección "Historia Visual Argentina", publicada por el diario Clarín (2000), y de la colección "Los hombres del poder", de Fondo de Cultura Económica.
Entre sus publicaciones se encuentran Sectores populares, política y cultura: Buenos Aires en la entreguerra (con Leandro H. Gutiérrez, 1995), Qué hacer con los pobres. Elite y sectores populares en Santiago de Chile en el siglo XIX (1996), Volver a la historia (1997), Grandes entrevistas de la historia argentina (con Sylvia Saítta, 1998), Grandes discursos de la historia argentina (con Luciano de Privitiello, 2000), Argentina. Crónica total del siglo XX (2000), y Buenos Aires, historia de cuatro siglos (codirigida con José Luis Romero, 2da edición ampliada, 2000).
Fondo de Cultura Económica ha editado Breve historia contemporánea de la Argentina (1994) y su traducción al inglés A History of Argentina in the Twentieth Century (2006).
Fuente: Fondo de Cultura Económica
Pacho O'Donnel
Nació en Buenos Aires, es médico especialista en psiquiatría y psicoanálisis, escritor, dramaturgo y director del Departamento de Historia de la UCES. Fue Secretario de Cultura de Buenos Aires y de la Nación, senador nacional, embajador en Panamá y en Bolivia y agregado cultural en la embajada argentina en España.
Por su aporte a la literatura hispanoamericana fue condecorado con la Orden de Isabel La Católica por el Rey Juan Carlos I de España. También fue distinguido por Francia con las Palmas Académicas. La legislatura porteña lo distinguió como ciudadano ilustre.
Su obra literaria incluye las novelas Copsi, El tigrecito de Mompracén, Las hormigas de Chaplin, Doña Leonor, los rusos y los yanquis, Las patrias lejanas y el libro de cuentos La seducción de la hija del portero. Recientemente publicó el ensayo La sociedad de los miedos y Cuentos Completos.
Como dramaturgo estrenó Escarabajos, Lo frío y lo caliente, ¿Lobo estás?, Vincent y los cuervos, El sable, Van Gogh, El encuentro de Guayaquil y La tentación, éstas últimas de tema histórico.
Su producción historiográfica puede ser considerada dentro del revisionismo, con la propuesta de iluminar aspectos ocultos de nuestra historia oficial. En esta línea ha publicado El grito sagrado, El águila guerrera, El rey blanco, Los héroes malditos, Historias argentinas y Caudillos federales, y las biografías Juana Azurduy, la teniente coronela; Monteagudo, la pasión revolucionaria; Che, la vida por un mundo mejor y Juan Manuel de Rosas, el maldito de la historia oficial.
Una mirada revisionista de la Vuelta de Obligado
La batalla olvidada
La gran epopeya es el último libro de Pacho O´Donnell, sobre el combate de la Vuelta de Obligado que, según el autor, fue “jibarizado” por la historiografía liberal. Una gesta protagonizada por Juan Manuel de Rosas y los sectores populares, la “chusma”, que resistieron el ataque de Francia e Inglaterra. El Gobierno está organizando un gran evento alrededor de esta batalla, que se conmemora el 20 de noviembre.
La batalla y los protagonistas. El desigual combate entre la más poderosa flota del momento y los criollos, que resistieron bravamente. Juan Manuel de Rosas y su cuñado, Lucio Mansilla, líderes de la defensa de nuestra soberanía.
Lo que se avecinaba eran las acciones bélicas conocidas como el combate de la Vuelta de Obligado, una gesta heroica en que las precarias armas argentinas lucharon exitosamente contra las dos escuadras más poderosas del mundo, lo que hizo escribir al general San Martín, textualmente, que “esta contienda en mi opinión es de tanta trascendencia como la de nuestra emancipación”. Sin embargo esa epopeya fue ocultada, desdibujada y jibarizada en los textos oficiales de historia por el principal motivo de que sus protagonistas fueron don Juan Manuel de Rosas y los sectores populares, la “chusma”. Significó la resistencia criolla y popular contra la prepotencia de aquellas naciones con quienes nuestra clase dirigente de entonces pretendía identificarse, servirlas y sacar provecho personal de ello. Metafóricamente fue la resistencia de lo propio, de lo nacional, contra la fuerza de lo ajeno, de lo extraño, que desde la Revolución de Mayo se había adueñado de los sacrificios libertarios de próceres imbuidos de lo nacional, miembros del “partido americano” como Campana, Güemes, Belgrano, los caudillos federales Artigas, Dorrego y otros. Y por supuesto don José de San Martín. Y la historia oficial se encargó de hacerlo desde la historiografía. Contra ello surgió como alternativa la corriente y escuela del revisionismo histórico con la que me siento comprometido y este libro es expresión de sus propósitos.
Los invasores traían también fuerzas mercenarias fogueadas en las guerras europeas. Entre ellas se encontraba una flotilla que ocupó y saqueó Colonia del Santísimo Sacramento obligando a sus habitantes a huir aullando de terror con sus ropas desgarradas. Los saqueadores arrasaban con todo lo que encontraban. El cielo parecía cobrar vida con el relumbre de los incendios.
El jefe de los vándalos, nacido en Niza pero criado en Italia, echó las culpas a la “difícil tarea de mantener la disciplina que impidiera cualquier atropello, y los soldados anglofranceses, a pesar de las órdenes severas de los almirantes, no dejaron de dedicarse con gusto al robo en las casas y en las calles. Los nuestros (italianos), al regresar, siguieron en parte el mismo ejemplo aun cuando nuestros oficiales hicieron lo posible por evitarlo. La represión del desorden resultó difícil, considerando que la Colonia era pueblo abundante en provisiones y especialmente en líquidos espirituosos que aumentaban los apetitos de los virtuosos (sic) saqueadores”. Ni siquiera la iglesia se libró de los desmanes, ya que en ella se celebró la victoria con orgías y borracheras.
Luego la escuadra de mercenarios italianos, aprovechando que el río Uruguay había quedado desguarnecido porque los pocos recursos patriotas se concentraron en el Paraná, repetiría el cruento saqueo en Gualeguaychú y en Salto.
El jefe mercenario de esta horda salteadora era Guiseppe Garibaldi, que años más tarde se constituiría en el héroe de la unidad italiana y prócer nacional de Italia.
Una eficaz estrategia de Rosas fue poner en acción medios de prensa que contrarrestaran la propaganda de las potencias agresoras. Uno de ellos fue el Archivo americano y espíritu de la prensa del mundo, que se publicó desde 1843 hasta 1852. Escrito en español, inglés y francés, se encargó a Pedro de Angelis, un valioso intelectual italiano que gozaba de la confianza del Gobernador, ocuparse de asuntos de actualidad. A veces se daban a conocer artículos críticos hacia la Confederación, argentinos o del exterior, con sus correspondientes respuestas. Era también frecuente la difusión de cartas interceptadas a los unitarios.
Mansilla, consciente de su gravísima responsabilidad, después de considerar varias opciones, resolvió fortificar con todos los elementos disponibles el sitio llamado Vuelta de Obligado por su configuración y por su posición estratégica, como consigna en su parte a Rosas: “(...) por la vuelta que hace el río en una punta saliente y difícil de remontarse con el viento, a quien viene navegando, debido al cambio que hace de rumbo el canal principal”.
Obligado era un paraje situado sobre la margen derecha del río Paraná, que allí baja en dirección NO a SE para desviar luego de N a S y nuevamente de O a E, de allí lo de “vuelta”. Tomó el nombre de su propietario, don Antonio Obligado, andaluz que lo había adquirido a su vez al canónigo Andújar en 1785. El recodo del río, la “vuelta”, tiene una profundidad de 15 metros y  un ancho de aproximadamente 800.
Las fuerzas patriotas disponían sólo de cuatro baterías: dos recuperadas de Martín García y las otras de San Nicolás, anticuadas y necesitadas de reparación por estar desfogonadas o carentes de algunas piezas. La orilla izquierda, en la provincia de Entre Ríos, era pantanosa e inutilizable para la defensa, por lo que las cuatro baterías se instalaron sobre la barranca derecha: la Manuelita, sobre el ángulo de la costa al mando del  teniente coronel de artillería Juan Bautista Thorne, con 7 cureñas de mar, empotradas en troncos de tala, de calibre de 10 y de 8 pulgadas. La segunda batería, la General Mansilla, al mando del teniente de artillería Felipe Palacios, ubicada en forma rasante sobre la barranca, en un declive del terreno, servida por 3 piezas, 2 de 12 y una de 8. La General Brown, del teniente de Marina Eduardo Brown, hijo del almirante, con 5 piezas: una de 24, 2 de 18, una de 16 y una de 12. Y la última batería, la Restaurador Rosas, al mando de Alvaro Alzogaray, ayudante mayor de Marina, armada con 6 cañones, 2 de 24 pulgadas y 4 de 16, ubicada en el tope de la barranca. En la parte baja, casi al nivel del agua, se había comenzado a construir otras tres baterías, pero no hubo tiempo para terminarlas.
Frente a la batería rasante que llevaba su nombre, para dificultar el paso de los invasores, en un alarde de ingenio, Mansilla atravesó el curso del Paraná con tres gruesas cadenas de hierro afirmadas sobre 24 barcazas desmanteladas, en cuyo remate sobre la orilla entrerriana se posicionó el bergantín Republicano, de madera, armado con 6 cañones de escaso calibre, al mando del capitán Craig y con una tripulación de 2 oficiales, 9 suboficiales, 21 artilleros y 13 marineros.
La fuerza invasora estaba formada por el buque insignia inglés Gorgon, de 1.200 toneladas, a vapor, al mando del comandante en jefe, capitán Hotham; el Firebrand, también a vapor, comandado por el capitán Hope; la corbeta Comus, del capitán Inglefield; los bergantines Philomel, del capitán Sullivan; Dolphin, con el capitán Leving, y Fanny, del capitán Key. Esta flota británica portaba en total 50 cañones, casi el doble de los argentinos y mucho más potentes, mejor puntería y largo alcance.
La escuadra francesa, por su parte, la integraba el modernísimo vapor Fulton, de 650 toneladas y 16 caballos de fuerza, al mando del capitán Mazeres; la corbeta Expeditive, del capitán De Muriac; los bergantines Pandour, de Du Marc, y Procida, con el capitán De la Riviere, y la nave capitana, St. Martin, del comandante en jefe, Trehouar. Esta última, con el nombre de San Martín, la nave insignia de la Confederación y al mando directo de Guillermo Brown, había sido capturada frente a Montevideo e incorporada a la flota agresora. Los cañones franceses sumaban 49 piezas y en su gran mayoría disparaban modernos proyectiles Paixhans, huecos de bala explosiva de 80 libras y espoleta, con hasta entonces desconocida capacidad de destrucción; también proyectiles Congreve, pioneros de la cohetería bélica. Los cañones ingleses no se quedaron atrás en cuanto a la modernidad y no pocos eran Peysar, de alma rayada, que permitía una afinada puntería y mayor alcance, y se utilizaban por primera vez en un conflicto armado.
En carta a Tomás Guido en esos días de 1845, don José de San Martín, en su destierro francés, se indignaría: “Es inconcebible que las dos grandes naciones del universo se hayan unido para cometer la mayor y más injusta agresión que pueda cometerse contra un Estado independiente”. Y agrega, después de otras consideraciones sobre el tema, una admirable afirmación: “Ud. sabe que yo no pertenezco a ningún partido; me equivoco, yo soy del partido americano; así que no puedo mirar sin el menor sentimiento los insultos que se hacen a la América”.
El Libertador conocía a la chusma que había constituido sus ejércitos invencibles y no ignoraba su valor y su astucia en el combate, y esos orilleros, mulatos, indios, gauchos, ahora habían apretado filas en torno al Restaurador “para defender esa palabra nueva –soberanía– repetida en los mensajes de gobierno. Nadie se las había explicado, ni falta hacía, porque para ellos era bien claro que una patria que no se hiciese respetar no era una patria. No eran ideas ni posibilidades: la patria eran ellos, el suelo que pisaban, su manera de ser, sus costumbres, sus padres, sus hijos: algo concreto que todos comprendían y sentían. Por ella podían pasarse sin géneros y sin pan si fuese necesario. Y dar su vida, porque por la patria se muere. Pero también se mata” (J.M. Rosa).
El 17 de noviembre la poderosa flota europea se acerca a donde la esperan los enardecidos defensores de la patria invadida. El 18 es día de reconocimientos y tanteos. El 19 amanece con neblina y sin viento, lo que inmoviliza a los invasores ya que algunos de sus barcos eran a vela. Pero el 20 se presenta favorable para su acción y los aliados avanzan con la St. Martin al frente, una ofensa que enfurece aún más a los argentinos.
Mansilla, ante la inminencia del ataque, arengó a sus tropas: “¡Allá los tenéis! Considerad el insulto que hacen a la soberanía de nuestra Patria, al navegar, sin mas título que la fuerza, las aguas de un río que corre por el territorio de nuestro país. ¡Pero no lo conseguirán impunemente! Tremola en el Paraná el pabellón azul y blanco y debemos morir todos antes que verlo bajar de donde flamea”. A continuación, los criollos entonaron a voz en cuello el Himno Nacional acompañados por la banda de Patricios y a su término Mansilla gritó un “ ¡Viva la Patria!” que es respondido atronadoramente por sus hombres y luego sería la orden de “¡fuego!” y las cuatro baterías al unísono comenzaron a descargar sus proyectiles. Eran las ocho y cuarenta y tres minutos de la mañana.
El St. Martin recibe una andanada que lo deja averiado, su palo mayor dañado y 44 de sus tripulantes quedan fuera de la acción, entre ellos el 2° y el 3° oficial. Recibe luego otros once impactos que le destrozan el timón y lo dejan a la deriva. Más tarde, en combate ya generalizado, el bergantín patriota Republicano, agotada su munición, es volado por su capitán, Craig, para que no caiga en poder del enemigo. Los brulotes son soltados pero la correntada los impulsa lejos de
los atacantes.
El fuego europeo hacía estragos en las baterías patriotas, a pesar de lo cual no dejaron de responder con su escasa capacidad de fuego pero que fue suficiente para poner fuera de combate a los bergantines Pandour y Dolphin, para silenciar los cañones mayores de la Fulton, que intentó infructuosamente cortar las cadenas en dos oportunidades, y para obligar a retirarse al Comus. Pero pronto fue evidente que la heroica resistencia no podría mantener a raya mucho tiempo más a los europeos porque los proyectiles iban agotándose y las bajas humanas ya eran considerables.
Esto hizo que un comando de los atacantes pudiera llegarse hasta las cadenas en tres ágiles balandras y a martillazos sobre un yunque improvisado logró cortarlas abriendo la vía por la que se filtró primero la Fulton y luego la Gorgon y la Firebrand, demostrando la ventaja de estar propulsadas a vapor, y desde mejores posiciones bombardearon las baterías argentinas, especialmente a la Manuelita. A las dos y media de la tarde, el eficaz correo le avisa a Mansilla que al sur de las baterías, en la Playa de Pescadores, el enemigo estaba concentrando fuerzas de desembarco. Los milicianos montados de Rodríguez y Quiroga concurrieron al lugar y se encargaron entonces con su destreza de jinetes y con el filo de sus sables de hacerlos regresar a remo a las naves aliadas, ahogándose algunos en el apresuramiento.
Hacia las cuatro de la tarde los proyectiles patriotas ya están casi agotados, lo que facilitó que la batería Restaurador Rosas fuese silenciada por el fuego de la Expeditive. A las 16.50 sería Thorne quien encienda la mecha de su último cañonazo desde la Manuelita. Los ingleses decidieron entonces un nuevo desembarco al mando del jefe de su escuadra, Hotham, ante lo cual Mansilla dio la orden de rechazar el intento a cuchillo, cuerpo a cuerpo. El va al frente, dando el ejemplo, y entonces cae mal herido por la metralla.
La lucha era feroz y los franceses desembarcaron tropas para reforzar a las británicas, siempre apoyados por el intenso y eficaz cañoneo de las naves. Sobre las 19 horas las tropas invasoras se reembarcan habiendo sufrido graves pérdidas humanas.
Las baterías argentinas habían sido demolidas y muchos de sus artilleros muertos o heridos, pero el costo de los aliados también fue grande, dañadas diez de sus once naves, exceptuándose la Firebrand, que se retiró hasta San Nicolás para preservarse. La resistencia de Thorne desde la Manuelita había provocado grandes destrozos entre los aliados, pero una bala de cañón enemiga lo alcanzó y lo levantó en el aire arrojándolo contra un árbol. Se incorporó de inmediato diciendo: “No fue nada” y continuó combatiendo. A raíz de dicha acción perdió su audición, siendo reconocido desde entonces como “el sordo de Obligado”.
Se dijo que el último cañonazo de los heroicos argentinos lo efectuó el teniente José Romero, y luego, impotente, de pie sobre su pieza humeante, insultó a los invasores hasta que una bala lo mató.
El parte de la alianza invasora rindió tributo al coraje argentino: “Siento vivamente que esta gallarda proeza –decía Trehouart– se haya logrado a costa de tal pérdida de vidas (se refería a las propias), pero considerando la fuerte posición del enemigo y la obstinación con que fue defendida, debemos agradecer a la Divina Providencia que no haya sido mayor”.
Las bajas patriotas estuvieron de acuerdo al heroísmo con que se enfrentó a un adversario con mucha mayor capacidad de fuego: 250 muertos y 400 heridos, un total de 650 bajas, la tercera parte de los 2.160 combatientes que tomaron parte del combate.
Los 21 cañones de las baterías (sólo se salvaron los 9 de los cuerpos móviles) cayeron en poder del enemigo, que inutilizó o echó al agua a la mayoría, salvo diez de bronce que llevó a Europa para exhibirlos en sus museos e instituciones militares. Los lanchones que sostenían la cadena fueron incendiados.
Las pérdidas europeas fueron: franceses, 18 muertos y 70 heridos; ingleses, 10 muertos y 25 heridos. En cuanto a las pérdidas materiales, los más dañados fueron el St.Martín, que recibió mas de 100 disparos; el Fulton, cerca de 70; el Dolphin y el Pandour sufrieron ambos la destrucción de su velamen y el segundo la
pérdida de sus dos anclas. El capitán del Dolphin anotó que “a las 5 de la tarde se recibió la señal para tripular botes armados y reunidos, pero ningún bote tripulado salió del costado del Dolphin por la sencilla razón de que todos nuestros botes estaban atravesados por las balas y se hundían”.
por Pacho O'Donnell
Fuente:
Diario Perfil 24/10/2010
Vuelta de Obligado
Reivindicación de una epopeya nacional olvidada

En 1845, Argentina enfrentó a las dos potencias de la época, Francia e Inglaterra. Y las obligó a capitular. El autor e historiador Pacho O'Donnell escribe sobre su última investigación.
combate de la “Vuelta de Obligado” es, junto al Cruce de los Andes, una de las dos mayores epopeyas de nuestra Patria. Una gesta victoriosa en defensa de nuestra soberanía que puso a prueba exitosamente el coraje y el patriotismo de argentinas y argentinos, lamentablemente silenciada por la historiografía liberal escrita por la oligarquía porteñista, antipopular y europeizante, vencedora de nuestras guerras civiles del siglo XIX.
Corría 1845. Las dos más grandes potencias económicas, políticas y bélicas de la época, Gran Bretaña y Francia, se unieron para atacar a la Argentina, entonces bajo el mando del gobernador de Buenos Aires, don Juan Manuel de Rosas. El pretexto fue una causa “humanitaria”: terminar con el gobierno supuestamente tiránico de Rosas, que los desafiaba poniendo trabas al libre comercio con medidas aduaneras que protegían a los productos nacionales, y fundando un Banco Nacional que escapaba al dominio de los capitales extranjeros.
Los reales motivos de la “intervención en el Río de la Plata”, como la llamaron los europeos, fueron de índole económica. Deseaban expandir sus mercados a favor del invento de los barcos de guerra a vapor que les permitían internarse en los ríos interiores sin depender de los vientos y así alcanzar nuestras provincias litorales, el Paraguay y el sur del Brasil. Dichas intenciones eran denunciadas por los casi cien barcos mercantes que seguían a las naves de guerra.
Otro objetivo de la gigantesca armada era desnivelar el conflicto armado entre la Argentina y la Banda Oriental (hoy República del Uruguay) a favor de ésta, que los franceses consideraban entonces protectorado propio. También independizar Corrientes, Entre Ríos y lo que es hoy Misiones formando un nuevo país, la “República de la Mesopotamia”, que empequeñecería y debilitaría a la Argentina y haría del Paraná un río internacional de navegación libre.
Los invasores contaron con el antipatriótico apoyo de argentinos enemigos de la Confederación rosista, que se identificaban como “unitarios”, muchos de ellos emigrados en Montevideo. Fueron ellos los que, vencedores del federalismo popular, escribieron nuestra historia oficial, lo que explica que la epopeya de Obligado haya sido ominosamente ignorada hasta nuestros días.
Ingleses y franceses creyeron que la sola exhibición de sus imponentes naves, sus entrenados marineros y soldados y su modernísimo armamento bastarían para doblegar a nuestros antepasados como acababa de suceder con China.
Táctica y estrategia
Pero no fue así: Rosas, que gobernaba con el apoyo de la mayoría de la población, sobre todo de los sectores populares, decidió hacerles frente. Encargó al general Lucio N. Mansilla conducir la defensa. Su estrategia fue la siguiente:
1) Era imposible vencer militarmente a los invasores por la diferencia de poderío y experiencia lo que hacía inevitable que tuvieran éxito en su propósito de remontar el río Paraná.
2) Pero dado que se traba de una operación comercial encubierta, el objetivo era provocarles daños económicos suficientes como para hacerlos desistir de la empresa y, lograr así una victoria estratégica que vigorosas negociaciones diplomáticas harían luego contundente.
3) Era necesario buscar un lugar del Paraná donde fuera posible alcanzar a los barcos enemigos con los escasos, anticuados y poco potentes cañones que se tenían.
Mansilla emplazó cuatro baterías en el lugar conocido como “Vuelta de Obligado”, donde el río se angosta y describe una curva que dificultaba la navegación. Allí nuestros heroicos antepasados tendieron tres gruesas cadenas sostenidas sobre barcazas y de esa manera lograron que durante el tiempo que tardaron en cortarlas, los enemigos sufrieran numerosas bajas en soldados y marineros y devastadores daños en sus barcos de guerra y en los mercantes. El calvario de las armadas europeas y los convoyes mercantes que las seguían continuó durante el viaje de ida y de regreso, siendo ferozmente atacadas desde las baterías de “Quebracho”, del “Tonelero”, de “San Lorenzo” y, otra vez, desde “Obligado”.
Lucio N. Mansilla se puso valientemente al frente de sus tropas para rechazar el desembarco de los enemigos y resultó gravemente herido.
Hubo valientes mujeres de San Pedro y de San Nicolás que lucharon a la par de los hombres y que también cumplieron importantes servicios en el cuidado de los heridos. Entre ellas se destacaron, entre otras, Josefa Ruiz Moreno, Rudecinda Porcel, María Ruiz Moreno, Carolina Suárez, Francisca Nabarro y Faustina Pereira, encabezadas por Petrona Simonino.
La estrategia fijada por Rosas y Mansilla tuvo éxito y las grandes potencias de la época finalmente se vieron obligadas a capitular aceptando las condiciones impuestas por la Argentina y cumpliendo con la cláusula que imponía a ambas armadas, al abandonar el río de la Plata, disparar veintiún cañonazos de homenaje y desagravio al pabellón nacional.
Las provincias litorales continuaron siendo parte de nuestro territorio y el Paraná es hasta hoy un río interior argentino.
Desde su destierro en Francia, don José de San Martín, henchido de orgulloso patriotismo, escribió a su amigo Tomás Guido el 10 de mayo de 1846: “Los interventores habrán visto por este échantillon que los argentinos no son empanadas que se comen sin mas trabajo que abrir la boca” y mas adelante felicitaría al Restaurador: “La batalla de Obligado es una segunda guerra de la Independencia”. Y al morir le legó su sable libertador.
Por ley 20.770 se conmemora la epopeya del combate de la “Vuelta de Obligado” como Día de la Soberanía Nacional.
por Pacho O'Donnell
Fuente:
Diario Clarín 3/10/2010
http://www.diasdehistoria.com.ar/content/la-vuelta-de-obligado